LinkWithin

Related Posts with Thumbnails
Mostrando entradas con la etiqueta Península de Crimea. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Península de Crimea. Mostrar todas las entradas

miércoles, 22 de septiembre de 2010

BAKHCHISARAY, Ucrania



Esta es una historia de cómo la combinación entre unos malentendidos lingüísticos y la maldad de una persona, hizo que apareciéramos abandonados en medio de la planicie ucraniana.
Pero eso es adelantarse a los acontecimientos; comenzaré por el principio.

Una excursión típica de los viajeros que se dejan caer en Sebastopol es el pueblo tártaro Bakhchisaray, a una hora en tren o en bus (0,50€).
Bakhchisaray significa “Palacio con jardines”. En 1532 se convirtió en la capital del kanato de Crimea y el centro de la vida política y cultural del pueblo tártaro de Crimea hasta la deportación de 1944.

El 90% de los tártaros de Crimea vivía en Uzbekistán hasta 1989. Hoy en día, unos 250.000 tártaros de Crimea viven en Crimea, unos 24.000 en Rumanía y otros 3.000 en Bulgaria.


-Hansaray o Palacio del Khan (1,5€): El Palacio Bakhchisaray es el principal monumento histórico de la época del kanato de Crimea, la única muestra que queda de la arquitectura palaciega tártara de Crimea. He leído que el Palacio del Khan es uno de los tres palacios musulmanes que se encuentran en Europa, siendo los otros el palacio de Topkapi en Estambul y la Alhambra en España. ¿Y el palacio de la Aljafería qué es?
En estos momentos está en proceso de incluirse en la lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO.


- Monasterio de Uspensky (bus de línea hasta la última parada, 0,20€). Esta pequeña y bonita iglesia fue probablemente construida por monjes bizantinos en los siglos VIII y IX. Celdas encaladas para los monjes, una fuente de la curación, y mosaicos de azulejos se incrustan dentro de la roca. Da un poco de agobio, sobre todo si te fijas en lo finas que son las columnas.
Cómo no, los soviéticos cerraron el lugar, pero ha vuelto a estar operativo desde 1993.
No permiten sacar fotos, así que estas las he robado; y la última, la del rostro en la piedra, me la hicieron borrar (no pensaron que a lo mejor había tirado dos fotos). Debería haber una opción en la cámara para guardar una foto mientras se lee “Delete” para que se piensen que estás borrando.
Aunque en este caso, un señor que pasaba por ahí le confirmó al guardia que “Delete” significaba “borrar” ante la mirada desconfiada que me estaba propinando -y con razón-.


-Seguimos caminando aproximadamente un kilómetro y medio por un camino lleno de tenderetes de souvenires y llegamos a las cuevas Chufut-Kale que se encuentran sobre un desnivel de 200 metros de altura. Esta fortaleza fue establecida alrededor de los siglos VI y VII como baluarte bizantino.
Es curioso explorar las cuevas que se comunican también de arriba abajo por medio de agujeros en el suelo.


Caminando durante unos minutos por un sendero que hay detrás de las cuevas, llegamos a un acantilado que me dio bastante vértigo y… ¡Cuidado, hace mucho viento!
Podéis verlo en 360º.


Breve inciso: “mientras escribo, veo que Jarris, mi compañero de viaje está conectado al chat de Facebook. Le pregunto qué puedo contar sobre Bakhchisaray en el blog.
Además de lo ya relatado, menciona algo que le llamó profundamente la atención: un pelirrojo en bici. No porque fuera en bici, sino porque no habíamos visto ningún pelirrojo durante quince días entre la homogénea gama de cabellos ucranianos.
Chorradas aparte, me dice que fue casi más importante el viaje que la estancia, pues la vuelta fue toda una odisea, un descubrimiento de nuevas rutas. Allá voy.


Después de coger un minibús a la estación de tren de Backchisaray, le preguntamos a la taquillera por el tren a Sebastopol. Cabe recordar que aquí nadie habla inglés, español o alemán. Hay que conocer el alfabeto cirílico y llevar un bolígrafo a mano, para facilitar la comunicación a modo pictionary (menos mal que los números son iguales a todas partes). Nos señaló hacia fuera y supusimos que nos estaba indicando el único tren que, además, hacía el trayecto Moscú- Sebastopol.

Al principio, la señorona revisora rusa no nos dejaba subir al vagón hasta que alguien le dijo algo en su idioma. De repente su cara de malas pulgas se transformó en una gran sonrisa forzada mientras decía “¡Oh, turistof!” y se frotaba las manos.

Tras veinte minutos de espera, el tren se puso en marcha y fue entonces cuando la revisora se nos presentó con una joven pasajera que hacía la función improvisada de traductora. A través de la moza nos exigió 12 veces el precio real del viaje; la muy z… esperó a que arrancara el tren para atracarnos y así evitar que tengamos la posibilidad de elección. Vale, sí, como os conté al comienzo del post, el ticket costaba 0,50€, así que sólo nos pedía 6€. Pero es que una tiene su dignidad, o al menos paciencia para negociar un precio. Pero la revisora no. Como nos negamos a pagar ese precio –con la intención de que lo rebajara-, nos hizo bajar en la siguiente parada, es decir, en medio de la nada.

Había una especie de miniestación de tren, uno de esos sitios en los que a veces la gente de Ucrania y Moldavia se apea y que parecen no llevar a ninguna parte, pues sólo se ve campo a su alrededor. Había dos chicas a las que les pregunté cuándo iba a venir el siguiente tren, o si había estación de autobuses, pero no entendían ni una palabra ni ningún gesto. Opté por llamar a la manager de mi hostal para contarle mi situación en inglés y que ella le explicara lo que necesitaba en ucraniano a través de mi teléfono. Pero no funcionó. Tan sólo entendí que ya no había más trenes.


Caminamos unos veinte minutos hasta llegar a una carretera en donde paramos como si fuera un taxi al primer bus que pasaba. A la pregunta “¿Sebastopol?” los viajeros nos contestaron “da”. Así que subimos al vehículo.

El bus alcanzó su última parada y pensábamos que se trataba de Sebastopol… pues no.

Una señora hizo gestos para que la siguiéramos y nos metió en un barco que nos llevó a nuestro destino. Lo último que nos esperábamos es que fuéramos a llegar por el mar. Ha sido el viaje en barco más barato de mi vida: 0,25€ .



Contamos la historia en el hostal y los dueños -que estabn preocupados por mi llamada desde el culo del mundo- sacaron chupitos de vodka para todos celebrando que habíamos llegado bien.
Fuimos la comidilla en el hostal pero sólo durante unas horas, ya que un japonés la lió más parda que nosotros. El susodicho se emborrachó y se quedó dormido por las calles de Sebastopol hasta bien entrada la madrugada. Como era de esperar, se despertó sin sus cosas. Por lo visto perdió una cámara de las buenas.

En la habitación dormíamos ocho personas repartidas en cuatro literas. Las tablillas de las camas superiores estaban un poco sueltas. Por eso me desperté hundiéndome a las tres de la madrugada, a punto de caerme encima de Jarris. Pero conseguí salir de la cama a tiempo.
El japonés, en cambio, no tuvo tantos reflejos y se cayó sobre la chica australiana que dormía debajo. Que te caigan hombres del cielo no es tan malo, incluso a muchos les puede gustar. Lo que no le agrada a nadie es que venga acompañado de tablas de madera.

En fin, siempre habrá alguien que nos supere, tanto en lo bueno como en lo malo.; y días como éste no se olvidan nunca.

lunes, 13 de septiembre de 2010

SEBASTOPOL, Ucrania


Llegamos a Sebastopol en autobús desde Sudak por un camino de acantilados al mar, viñas y campos de girasoles. Tardamos seis horas en realizar los 188 kilómetros de trayecto, algo común en este país sea cual sea el transporte que elijas. Por ello, este territorio mayor que España, parece extenderse aún más a cada hora de viaje.
Además, durante el recorrido, coincidimos un tramo con la línea de trolebús más larga del mundo: 86 kilómetros.
Era de noche, en la estación de buses no había oficina de turismo y como somos tan poco previsores, no teníamos un mapa que abarcara más allá que el centro de la ciudad.
Tomamos un taxi y por unos 5€ llegamos al hostal TIU Bolshaya Sevastopol (12€ la cama en temporada alta).



Dejamos las cosas y salimos en busca de algo para comer.
Aunque era de noche, se podía atisbar una ciudad diferente a las que habíamos visto en Crimea. Edificios coloniales, parques y banderas rusas ondeando sobre la mayoría de los tejados.


Aunque Sebastopol se encuentre en la Península de Crimea, administrativamente no pertenece a ésta; y aunque físicamente esté en Ucrania, son los rusos los que habitan esta famosa ciudad portuaria y los que la controlan. Pues fue debido a la flota soviética por la que se fundó Sebastopol hace 200 años. Constituye un lugar único para controlar el Mar Negro que a su vez es una salida al Mediterráneo (por el Bósforo).
¿Sabíais que hasta el año 1996 estaba cerrada al turismo?



Conforme bajábamos hacia el puerto, el volumen de la música chunda chunda se incrementaba. Este lugar tampoco se escapa de este tipo de turismo tan común en Crimea. Me compré un bollo sorpresa (de esos que van rellenos de algo, pero como la tendera no sabe inglés, ni yo ruso, puede contener cualquier cosa dentro) y probamos la cerveza del lugar. Los precios eran ligeramente más altos que en el resto de la península.



El día siguiente comenzamos con la visita a la panorámica de la Defensa de Sevastopol (unos 2€). Se trata de un edificio circular situado en lo alto de una colina. Primero, mediante un tour guiado, nos mostraron un museo sobre la Guerra de Criema (1853-56) y terminamos con un mural de 360º que representa las vistas desde este punto de la ciudad si viajáramos al año 1854, es decir, cuando tuvo lugar la Defensa de Sebastopol.
Para hacer fotos o vídeos había que pagar más -¡qué absurdo!
Así que he tomado una foto prestada de un fragmento de la panorámica de esta página.

Junto al museo había un recinto lleno de anclas y demás objetos marítimos así como tiendas que ofrecen los gorros típicos de Sebastopol. Es curioso ver a la gente por la calle llevándolos.




Apareció el hambre y fuimos al restaurante que nos habían recomendado en el hostal, el Traktir (Bolshaya Morskaya 8). Comida rusa y ucraniana y camareras vestidas de marineras.
Me pedí el plato más caro (7€) y me quedé bizca de comerme entero un pedazo de cordero.



Para bajar la comida, fuimos a dar un paseo por el puerto.
Hay un acuerdo entre Rusia y Ucrania para que convivan sendas flotas. Hoy en día hay unos 35 buques rusos ocupando este lugar estratégico en el Mar Negro. A la gente de Sebastopol le parece bien, normal, pues la mayor parte de la población es rusa.




Pero fuera de esta ciudad, hay muchos ucranianos en contra. Fijaos, en el parlamento de Kiev hubo peleas a base de huevos, puñetazos y bombas de humo inmediatamente después de que saliera por votación la opción de prorrogar la estancia de los buques rusos en Sebastopol hasta el 2047.
“¡Ucrania no está en venta!” –gritaban los que no estaban contentos con la decisión. Efectivamente, si han votado “Sí” a la ocupación rusa es porque ésta, a cambio, les prometió un 30% de descuento en el precio de venta de gas natural ruso, lo que equivale a unos 30.000 millones de euros durante los próximos diez años, según las autoridades ucranianas.






En el puerto la gente pasaba la tarde bañándose en sus sorprendentemente aguas cristalinas, con los barcos rusos de fondo.



Mientras la gente nada, juega o toma el sol, un monumento les recuerda que en este lugar hubo soldados luchando en la II Guerra Mundial.



Había un ambiente muy animado, pues recordemos que Sebastopol recibe mucho turismo (de Rusia, sobre todo). Se podía encontrar desde chiringuitos de ropa marinera hasta un acuario con delfines haciendo piruetas; y la gente se bañaba en cualquier lugar a lo largo de este gran puerto. Por ejemplo, un buen lugar para darse un chapuzón estaba junto al monumento a los barcos hundidos en la guerra de Crimea.



Seguimos más adelante y llegamos Memorial de la II Guerra Mundial. El Sitio de Sebastopol fue una lucha librada entre el 30 de octubre de 1941 al 4 de julio de 1942 entre las fuerzas de Alemania y la Unión Soviética, por el control de la base marítima de Sebastopol en el Mar Negro durante la Segunda Guerra Mundial.





Por último, para ver otra zona dedicada a otro tipo de barcos –mercancías o turistas-, basta con atravesar esta puerta.




Ucrania mira a occidente y quiere unirse a la OTAN, cosa que Rusia desaprobaría seriamente. Veremos qué ocurrirá cuando la flota rusa abandone Sebastopol. Pero de momento parece que sus gentes simpatizan con la marina rusa: y si no, mirad estas bañistas, lo alegres que están al recibir de vuelta en 2008 a los barcos que habían ido a intervenir en las fronteras marítimas de Georgia.


Si queréis ver más fotos de Sebastopol, id a mi cuenta de Flickr. ¡Gracias!



domingo, 5 de septiembre de 2010

SUDAK, Ucrania



Dejamos Feodosia, y seguimos hacia el oeste por la costa de la Península de Crimea. Siguiente parada: Sudak.
Esta vez sí que reservamos habitación y lo hicimos a través de Hostelworld. Escogimos el UYTA Summer Youth Hotel Edem .

Conseguimos llegar al hostal sin perdernos, aunque hubo gente que intentó confundirnos. Me explico. En la estación de buses quisimos tomar un bus que nos dejara cerca del hostal. Un taxista se vino a la parada y nos empezó a decir que si el bus no existía, que si no había ninguno que dejara en tal calle… Pero un chico que estaba sentado detrás dijo “¡no es verdad, sí que existe!” Hicimos bien en creer el chaval, y espero que no se pegaran después.
Una vez llegamos a la parada de bus correspondiente, no encontrábamos la calle del hostal. Le preguntamos a unos chicos. Ellos avisaron a más gente y al final se formó un grupo de personas dispuestas a llevarnos en su coche hasta el sitio cobrándonos una barbaridad. Y eso que estábamos al lado.
Vale, última vez que preguntamos aquí.



Suerte que vimos una pintada en cirílico y no un cartel, que indicaba el nombre de una calle larga y estrecha.
No habíamos empezado bien en Sudak, pero llegamos al hostal y nos gustó mucho. Además, la abuela del hostal cocina muy bien –aunque muy despacio-.
Me pedí un café y como no tenía nada mejor que hacer, me conté los picotazos de mosquitos de mis piernas. La cacería había ascendido a 32, y eso sólo hasta las rodillas.
¿Os conté que el primer día, en Kiev, me picó una avispa?




Sudak se parece mucho a Feodosia, por su turismo ruso de chancletines; pero al menos tiene algo que visitar: murallas. Pero no son unas murallas cualquiera, éstas se incluyen en la lista de los sitios Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO desde 2007.



Las construyeron los colonos genoveses en el siglo XIII y forma parte de una serie de fortalezas a lo largo de la costa sur de Crimea, antes de perder sus tierras en la invasión turca de 1475.
Como ya dije en el post de Feodosia, a la gente por estos lugares les encanta hacerse fotos con cosas.



Gracias a esto, he podido hacer esta foto que no podría ser más falsa, pues en Crimea no hay camellos. Pero, ¡sí!, ¡hay uno para hacerle una foto!


A pesar de haber pagado la entrada, había que comprar otro ticket para subir a la torre más alta. A no ser que escalaras para saltar la puerta.







Se nos hizo de noche y buscamos algún sitio para comer algo. Nos dimos cuenta de que estábamos pasando ante los restaurantes más grandes que habíamos visto en nuestra vida. Nunca había conocido instalaciones de semejante envergadura. ¿Qué hará esta gente en invierno? Dudo que reciban turismo…
Ya sean discotecas, centros recreativos o restaurantes; utilizan mujeres como reclamo.
Voy a matar al diseñador de los uniformes de estas mozas. Y a los que sacan culos y tetas en sus blogs para atraer lectores... qué poco gusto.




La foto parece sacada en el interior de una discoteca, en realidad está en la calle… atrayendo moscas y moscones.




No podían faltar las peleas femeninas en el barro.



La dignidad, a la altura de la de este pobre burro. Qué también tienen a los pobrecicos bien tratados.


Cuando llegamos al hostal, una chica nos dijo que le habían contado que habían llegado dos españoles al hostal. Que era muy raro, pero hace un mes vino un australiano.

—¿Y qué hacéis aquí, si vuestro país es más bonito?

Los extranjeros –sin contar los rusos-, se cuentan con los dedos de una mano.

Al día siguiente nos fuimos –por recomendación- a la playa de Noviy Set, a unos 10km de Sudak. Tenía muchas ganas de bañarme, tomar el sol en la toalla, leer, ponerme morena, tomarme un cucurucho de gambas sentada mientras veo las olas mecerse.
Mi gozo en un pozo.


No encontramos un espacio libre de 1x0,5 metros. O lo que es lo mismo, no había ningún hueco para nuestras toallas. Nada.
Nos apretujamos entre la masa y conseguimos sitio para apoyar únicamente nuestros culos.
Para más inri el agua estaba a tutiplén de medusas.
Un consejo: si queréis una playa casi sin gente y con el agua limpia, tomad un bus para ir de Sudak a Noviy Set pero apearos antes de llegar a la última parada. Vimos algunas personas haciéndolo y nos preguntamos a dónde iban, después lo comprendimos.
Para la vuelta no hay problema, pues puedes parar un autobús como si fuera un taxi.


Volvimos de la playa con un hambre atroz y nos comimos todo lo que nos cocinó la abuela del hostal. Pero no pudimos estar mucho rato porque teníamos que coger el autobús para ir a Sebastopol.


Para terminar esta bizarra a la par de infructífera visita, nos encontramos con lo nunca visto; el coche de Google.
¡Y yo con estos pelos!


lunes, 23 de agosto de 2010

FEODOSIA, Ucrania


Abandonamos la majestuosa Kiev para visitar la península de Crimea, en la costa del mar Negro.
Para ello tomamos un tren (el viaje en ferrocarril, así como la adquisición de los billetes constituirá un post aparte) y tras 13 horas de sudores y aburrimiento, llegamos a Simferopol, capital de Crimea. Como nos habían avisado de que esta ciudad no tenía ningún atractivo, comenzamos el tour por Feodosia (o Teodosia), por ser la ciudad más al este de la península de Crimea, y así, seguir hacia el oeste. Las ciudades que visitaríamos serían, además de Feodosia; Sudak, Sevastopol, Bakhchisaray y nos despediríamos de Ucrania en Odessa.

Primero desayunamos en la estación de Simferopol. Junto a nosotros, un grupo de jóvenes se cosían a chupitos de vodka. Nos animaron a tomarnos unos tragos pero les dije educadamente: “¿no creen que es un poco temprano para beber vodka?”
Miraron el reloj, eran las 7 de la mañana, no supieron rebatirme.

Los destinos en Crimea los escogimos preguntando a la gente, pensábamos que nadie sería mejor consejero que los mismos ucranianos.
Error.
Llegamos a Feodosia en autobús (unas dos horas medio en coma). No habíamos reservado nada en el destino, pues Hanna nos había dicho que suele haber personas en la estación de buses ofreciendo habitaciones por un módico precio. Por si las moscas, llevábamos dos carteles escritos en ruso y en ucraniano respectivamente que decían “Busco habitación doble para dos noches”. ¿Por qué en ruso? Porque en Crimea los ucranianos son una minoría, los más son rusos y cada verano miles de ellos vienen a las costas del mar Negro a torrarse, beber pivo y pasearse en tanga.
Como los ingleses en Salou.

Llegamos a la estación de buses de Feodosia, decorada con motivos que imitan iglesias ortodoxas; lo que me hizo pensar que en este pueblo podría visitar estas construcciones de bonitas cúpulas doradas con forma de cebolla.
Nada más lejos de la realidad.


Un señor se nos acercó para ofrecernos alojamiento. El pobre hombre no sabía lo que significaba “two”, “nights”, “room”, “ten”, etc, ni ninguna palabra necesaria para poder hablar sobre alojamiento con un extranjero. Así que a base de mímica y Pictionary, regateamos el precio llegando a los 10€ por persona y nos fuimos con él al alojamiento que nos había endiñado.

La casa no estaba mal: una modesta habitación doble que daba a un jardín que, a su vez, comunicaba con otras habitaciones a ras de suelo. Baños y ducha comunes.
Natasha, la babushka que llevaba el hostal era simpática, pero también había que entenderse con ella utilizando gestos. Pero nosotros llevábamos bastantes días de práctica y ya éramos capaces de comunicar cualquier cosa con la mímica. Podría haberle explicado la fisión nuclear si me lo hubiera planteado.

Sin utilizar palabras le dije: “Puede que por la noche volvamos tarde, ¿cómo podremos abrir la puerta principal si todos ustedes están durmiendo?”
Natasha dejó las llaves en un gancho accesible desde la calle mientras asentía con la cabeza: “Da, da”.

Me apetece aprender ruso, pero de momento, con cuatro palabras se me entiende –creo-.
Por cierto, esta es nuestra calle:


Nos encaminamos hacia el paseo marítimo y vimos un puesto de carretes de fotos. Sí, carretes de fotos, no todo el mundo se ha pasado al formato digital; es más, hay gente que en vez de colgar las fotos en Intenné, queda en casa para mostrarlas.


Conforme nos encontrábamos más y más agencias de viajes callejeras, nos íbamos dando cuenta de que Feodosia era un lugar megaturístico, pero tardamos un rato en saber cuán horteras pueden ser los guiris rusos. Por ejemplo, les encanta hacerse fotos con cosas.

-Escenario preparado para que te hagas una foto con un vestido de época. Y una modelo aleatoria.



-Cómo mola ponerse una foto de perfil de Facebook en la que salgas entre dos pavos reales, cual Maharajá.



-A quién se le habrá ocurrido esto...



-Ni los ponis ni los caballos deberían llevar pololos, les arrebata toda su dignidad.




-¡Los burros están en peligro de extinción!



-A quién no le gustan los monos, ¿no? Quizá alguien pague por hacerse una foto conmigo.



-No sé qué gracias les ven a las palomas.


Tras este alarde de elegancia, os cuento que todo está conjuntado. La playa está llena de chiringuitos para videojuegos, toboganes, bananas y todo lo posible que ocupe sitio para no poner la toalla en la arena. Se hacen trencitas en el pelo, sofás de masajes por la calle, gente incluso en tanga… bueno eso se puede entender, en Ucrania no están muy acostumbrados a este calor.







—¿Sois españoles?, ¿de dónde en concreto? Es que os estaba escuchando hablar...

Así apareció Yana Shapovalova. Una chica de Kiev que de pequeña iba los veranos a una familia en España, ¡concretamente a Zaragoza!

—Sí somos de Zaragoza, ¿y tú?
—¡Yo viví en el Actur!

Se vino con nosotros a dar un paseo. Tras sus estancias a España, se había enamorado del país y de la cultura iberoamericana. Había estudiado Filología Hispánica y bailaba salsa, además de juntarse con la comunidad latina de Kiev. Aquí está Yana bailando.



Le gustaría ir a España pero cada vez que ha ido a la embajada a pedir el visado la han mandado a la porra. Dice que les parece sospechoso que una mujer ucraniana, soltera, joven y sin contrato de trabajo en el destino, quiera ir a España.
No se fían ni de alguien que habla el idioma a la perfección, ha estado en varias ocasiones en el país y tiene estudios hispánicos. Manda huevos.




La playa en Feodosia no está muy limpia y suele estar abarrotada. Así que al día siguiente Yana nos llevó con sus amigas a otro pueblo que tiene una playa de conchas pequeñas. Para ello tomamos el bus de línea nº4. A unos 30 o 40 minutos se llega a unas playas que no se sabe donde termina una ni dónde empieza otra. Kilómetros de costa en donde encontrar tu lugar de tranquilidad fuera de las masas de turistas.
Yana tenía que ir a recoger sus enseres de playa y nosotros la esperamos en un restaurante tártaro frente a la playa. Menos mal que nos ayudó a escoger del menú. En otra ocasión, en Feodosia, me volví loca para pedir: menú en ruso y camareras que no saben absolutamente nada de inglés. Es lo que hay.
Nos pusimos las botas por unos 5€ cada uno.
Al volver a Feodosia nos encontramos –aparte de con un montón de conchitas pegadas a modo de ventosa a lo largo del cuerpo- con una especie de guardería gigante. Feodosia estaba plagado de atracciones y actividades para niños como karts, chiringuitos de tiro al pato, camas elásticas, etc. Pero a una hora determinada los niños se fueron a dormir y comenzó la sesión golfa.

Montones de discotecas chunda chunda habían enviado a las familias a sus hoteles y, en su lugar, jaurías de rubios jóvenes bebiendo en la playa, cantando en los karaokes callejeros ebrios de felicidad y hormonas, reinaban esta población de Crimea.



Al ritmo de Pa Panamericano, canción que iban a desgastar de tanto pincharla, nos fuimos al hostal, no sin antes comprar una botella de vino de Koktebel para probar algo local.
No sabía a vino. Dejamos la botella en la mesita enfrente de nuestro cuarto y, al día siguiente, una señora araña descansaba en el centro de una inmensa tela que había construido entre un árbol y la botella. Toda tuya, arácnida. Para que luego digan que trabajar bebiendo alcohol es malo. Menuda telaraña en tiempo record.

He de decir, tras esta explosión de horterismo del turismo de chancletines, que en este pueblo también se puede llevar a cabo una actividad cultural. Se puede visitar el museo del pintor Ivan Aivazovsky, natural de Feodosia y famoso por sus paisajes marinos y escenas bélicas. Muy recomendable.