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lunes, 13 de septiembre de 2010

SEBASTOPOL, Ucrania


Llegamos a Sebastopol en autobús desde Sudak por un camino de acantilados al mar, viñas y campos de girasoles. Tardamos seis horas en realizar los 188 kilómetros de trayecto, algo común en este país sea cual sea el transporte que elijas. Por ello, este territorio mayor que España, parece extenderse aún más a cada hora de viaje.
Además, durante el recorrido, coincidimos un tramo con la línea de trolebús más larga del mundo: 86 kilómetros.
Era de noche, en la estación de buses no había oficina de turismo y como somos tan poco previsores, no teníamos un mapa que abarcara más allá que el centro de la ciudad.
Tomamos un taxi y por unos 5€ llegamos al hostal TIU Bolshaya Sevastopol (12€ la cama en temporada alta).



Dejamos las cosas y salimos en busca de algo para comer.
Aunque era de noche, se podía atisbar una ciudad diferente a las que habíamos visto en Crimea. Edificios coloniales, parques y banderas rusas ondeando sobre la mayoría de los tejados.


Aunque Sebastopol se encuentre en la Península de Crimea, administrativamente no pertenece a ésta; y aunque físicamente esté en Ucrania, son los rusos los que habitan esta famosa ciudad portuaria y los que la controlan. Pues fue debido a la flota soviética por la que se fundó Sebastopol hace 200 años. Constituye un lugar único para controlar el Mar Negro que a su vez es una salida al Mediterráneo (por el Bósforo).
¿Sabíais que hasta el año 1996 estaba cerrada al turismo?



Conforme bajábamos hacia el puerto, el volumen de la música chunda chunda se incrementaba. Este lugar tampoco se escapa de este tipo de turismo tan común en Crimea. Me compré un bollo sorpresa (de esos que van rellenos de algo, pero como la tendera no sabe inglés, ni yo ruso, puede contener cualquier cosa dentro) y probamos la cerveza del lugar. Los precios eran ligeramente más altos que en el resto de la península.



El día siguiente comenzamos con la visita a la panorámica de la Defensa de Sevastopol (unos 2€). Se trata de un edificio circular situado en lo alto de una colina. Primero, mediante un tour guiado, nos mostraron un museo sobre la Guerra de Criema (1853-56) y terminamos con un mural de 360º que representa las vistas desde este punto de la ciudad si viajáramos al año 1854, es decir, cuando tuvo lugar la Defensa de Sebastopol.
Para hacer fotos o vídeos había que pagar más -¡qué absurdo!
Así que he tomado una foto prestada de un fragmento de la panorámica de esta página.

Junto al museo había un recinto lleno de anclas y demás objetos marítimos así como tiendas que ofrecen los gorros típicos de Sebastopol. Es curioso ver a la gente por la calle llevándolos.




Apareció el hambre y fuimos al restaurante que nos habían recomendado en el hostal, el Traktir (Bolshaya Morskaya 8). Comida rusa y ucraniana y camareras vestidas de marineras.
Me pedí el plato más caro (7€) y me quedé bizca de comerme entero un pedazo de cordero.



Para bajar la comida, fuimos a dar un paseo por el puerto.
Hay un acuerdo entre Rusia y Ucrania para que convivan sendas flotas. Hoy en día hay unos 35 buques rusos ocupando este lugar estratégico en el Mar Negro. A la gente de Sebastopol le parece bien, normal, pues la mayor parte de la población es rusa.




Pero fuera de esta ciudad, hay muchos ucranianos en contra. Fijaos, en el parlamento de Kiev hubo peleas a base de huevos, puñetazos y bombas de humo inmediatamente después de que saliera por votación la opción de prorrogar la estancia de los buques rusos en Sebastopol hasta el 2047.
“¡Ucrania no está en venta!” –gritaban los que no estaban contentos con la decisión. Efectivamente, si han votado “Sí” a la ocupación rusa es porque ésta, a cambio, les prometió un 30% de descuento en el precio de venta de gas natural ruso, lo que equivale a unos 30.000 millones de euros durante los próximos diez años, según las autoridades ucranianas.






En el puerto la gente pasaba la tarde bañándose en sus sorprendentemente aguas cristalinas, con los barcos rusos de fondo.



Mientras la gente nada, juega o toma el sol, un monumento les recuerda que en este lugar hubo soldados luchando en la II Guerra Mundial.



Había un ambiente muy animado, pues recordemos que Sebastopol recibe mucho turismo (de Rusia, sobre todo). Se podía encontrar desde chiringuitos de ropa marinera hasta un acuario con delfines haciendo piruetas; y la gente se bañaba en cualquier lugar a lo largo de este gran puerto. Por ejemplo, un buen lugar para darse un chapuzón estaba junto al monumento a los barcos hundidos en la guerra de Crimea.



Seguimos más adelante y llegamos Memorial de la II Guerra Mundial. El Sitio de Sebastopol fue una lucha librada entre el 30 de octubre de 1941 al 4 de julio de 1942 entre las fuerzas de Alemania y la Unión Soviética, por el control de la base marítima de Sebastopol en el Mar Negro durante la Segunda Guerra Mundial.





Por último, para ver otra zona dedicada a otro tipo de barcos –mercancías o turistas-, basta con atravesar esta puerta.




Ucrania mira a occidente y quiere unirse a la OTAN, cosa que Rusia desaprobaría seriamente. Veremos qué ocurrirá cuando la flota rusa abandone Sebastopol. Pero de momento parece que sus gentes simpatizan con la marina rusa: y si no, mirad estas bañistas, lo alegres que están al recibir de vuelta en 2008 a los barcos que habían ido a intervenir en las fronteras marítimas de Georgia.


Si queréis ver más fotos de Sebastopol, id a mi cuenta de Flickr. ¡Gracias!



sábado, 11 de septiembre de 2010

Premios Bitácoras 2010

Si te gusta lo que escribo, si este blog te ha servido para algo, si he conseguido que te rieras o simplemente no tienes nada mejor que hacer; no dudes en dejarme algún voto en la página web del concurso de Blogs Bitácoras 2010.





Como podéis ver, en la página de votaciones se presentan diferentes categorías de Blogs. "http://misviajesporahi.es/" encaja en "Mejor blog de viajes", aunque también puede colar en "Mejor blog personal".
Se puede votar hasta el día 22 de octubre. La resolución será el 27 y la entrega de premios se celebrará el 30 de octubre.

¡Veremos si hay suerte!

lunes, 23 de agosto de 2010

FEODOSIA, Ucrania


Abandonamos la majestuosa Kiev para visitar la península de Crimea, en la costa del mar Negro.
Para ello tomamos un tren (el viaje en ferrocarril, así como la adquisición de los billetes constituirá un post aparte) y tras 13 horas de sudores y aburrimiento, llegamos a Simferopol, capital de Crimea. Como nos habían avisado de que esta ciudad no tenía ningún atractivo, comenzamos el tour por Feodosia (o Teodosia), por ser la ciudad más al este de la península de Crimea, y así, seguir hacia el oeste. Las ciudades que visitaríamos serían, además de Feodosia; Sudak, Sevastopol, Bakhchisaray y nos despediríamos de Ucrania en Odessa.

Primero desayunamos en la estación de Simferopol. Junto a nosotros, un grupo de jóvenes se cosían a chupitos de vodka. Nos animaron a tomarnos unos tragos pero les dije educadamente: “¿no creen que es un poco temprano para beber vodka?”
Miraron el reloj, eran las 7 de la mañana, no supieron rebatirme.

Los destinos en Crimea los escogimos preguntando a la gente, pensábamos que nadie sería mejor consejero que los mismos ucranianos.
Error.
Llegamos a Feodosia en autobús (unas dos horas medio en coma). No habíamos reservado nada en el destino, pues Hanna nos había dicho que suele haber personas en la estación de buses ofreciendo habitaciones por un módico precio. Por si las moscas, llevábamos dos carteles escritos en ruso y en ucraniano respectivamente que decían “Busco habitación doble para dos noches”. ¿Por qué en ruso? Porque en Crimea los ucranianos son una minoría, los más son rusos y cada verano miles de ellos vienen a las costas del mar Negro a torrarse, beber pivo y pasearse en tanga.
Como los ingleses en Salou.

Llegamos a la estación de buses de Feodosia, decorada con motivos que imitan iglesias ortodoxas; lo que me hizo pensar que en este pueblo podría visitar estas construcciones de bonitas cúpulas doradas con forma de cebolla.
Nada más lejos de la realidad.


Un señor se nos acercó para ofrecernos alojamiento. El pobre hombre no sabía lo que significaba “two”, “nights”, “room”, “ten”, etc, ni ninguna palabra necesaria para poder hablar sobre alojamiento con un extranjero. Así que a base de mímica y Pictionary, regateamos el precio llegando a los 10€ por persona y nos fuimos con él al alojamiento que nos había endiñado.

La casa no estaba mal: una modesta habitación doble que daba a un jardín que, a su vez, comunicaba con otras habitaciones a ras de suelo. Baños y ducha comunes.
Natasha, la babushka que llevaba el hostal era simpática, pero también había que entenderse con ella utilizando gestos. Pero nosotros llevábamos bastantes días de práctica y ya éramos capaces de comunicar cualquier cosa con la mímica. Podría haberle explicado la fisión nuclear si me lo hubiera planteado.

Sin utilizar palabras le dije: “Puede que por la noche volvamos tarde, ¿cómo podremos abrir la puerta principal si todos ustedes están durmiendo?”
Natasha dejó las llaves en un gancho accesible desde la calle mientras asentía con la cabeza: “Da, da”.

Me apetece aprender ruso, pero de momento, con cuatro palabras se me entiende –creo-.
Por cierto, esta es nuestra calle:


Nos encaminamos hacia el paseo marítimo y vimos un puesto de carretes de fotos. Sí, carretes de fotos, no todo el mundo se ha pasado al formato digital; es más, hay gente que en vez de colgar las fotos en Intenné, queda en casa para mostrarlas.


Conforme nos encontrábamos más y más agencias de viajes callejeras, nos íbamos dando cuenta de que Feodosia era un lugar megaturístico, pero tardamos un rato en saber cuán horteras pueden ser los guiris rusos. Por ejemplo, les encanta hacerse fotos con cosas.

-Escenario preparado para que te hagas una foto con un vestido de época. Y una modelo aleatoria.



-Cómo mola ponerse una foto de perfil de Facebook en la que salgas entre dos pavos reales, cual Maharajá.



-A quién se le habrá ocurrido esto...



-Ni los ponis ni los caballos deberían llevar pololos, les arrebata toda su dignidad.




-¡Los burros están en peligro de extinción!



-A quién no le gustan los monos, ¿no? Quizá alguien pague por hacerse una foto conmigo.



-No sé qué gracias les ven a las palomas.


Tras este alarde de elegancia, os cuento que todo está conjuntado. La playa está llena de chiringuitos para videojuegos, toboganes, bananas y todo lo posible que ocupe sitio para no poner la toalla en la arena. Se hacen trencitas en el pelo, sofás de masajes por la calle, gente incluso en tanga… bueno eso se puede entender, en Ucrania no están muy acostumbrados a este calor.







—¿Sois españoles?, ¿de dónde en concreto? Es que os estaba escuchando hablar...

Así apareció Yana Shapovalova. Una chica de Kiev que de pequeña iba los veranos a una familia en España, ¡concretamente a Zaragoza!

—Sí somos de Zaragoza, ¿y tú?
—¡Yo viví en el Actur!

Se vino con nosotros a dar un paseo. Tras sus estancias a España, se había enamorado del país y de la cultura iberoamericana. Había estudiado Filología Hispánica y bailaba salsa, además de juntarse con la comunidad latina de Kiev. Aquí está Yana bailando.



Le gustaría ir a España pero cada vez que ha ido a la embajada a pedir el visado la han mandado a la porra. Dice que les parece sospechoso que una mujer ucraniana, soltera, joven y sin contrato de trabajo en el destino, quiera ir a España.
No se fían ni de alguien que habla el idioma a la perfección, ha estado en varias ocasiones en el país y tiene estudios hispánicos. Manda huevos.




La playa en Feodosia no está muy limpia y suele estar abarrotada. Así que al día siguiente Yana nos llevó con sus amigas a otro pueblo que tiene una playa de conchas pequeñas. Para ello tomamos el bus de línea nº4. A unos 30 o 40 minutos se llega a unas playas que no se sabe donde termina una ni dónde empieza otra. Kilómetros de costa en donde encontrar tu lugar de tranquilidad fuera de las masas de turistas.
Yana tenía que ir a recoger sus enseres de playa y nosotros la esperamos en un restaurante tártaro frente a la playa. Menos mal que nos ayudó a escoger del menú. En otra ocasión, en Feodosia, me volví loca para pedir: menú en ruso y camareras que no saben absolutamente nada de inglés. Es lo que hay.
Nos pusimos las botas por unos 5€ cada uno.
Al volver a Feodosia nos encontramos –aparte de con un montón de conchitas pegadas a modo de ventosa a lo largo del cuerpo- con una especie de guardería gigante. Feodosia estaba plagado de atracciones y actividades para niños como karts, chiringuitos de tiro al pato, camas elásticas, etc. Pero a una hora determinada los niños se fueron a dormir y comenzó la sesión golfa.

Montones de discotecas chunda chunda habían enviado a las familias a sus hoteles y, en su lugar, jaurías de rubios jóvenes bebiendo en la playa, cantando en los karaokes callejeros ebrios de felicidad y hormonas, reinaban esta población de Crimea.



Al ritmo de Pa Panamericano, canción que iban a desgastar de tanto pincharla, nos fuimos al hostal, no sin antes comprar una botella de vino de Koktebel para probar algo local.
No sabía a vino. Dejamos la botella en la mesita enfrente de nuestro cuarto y, al día siguiente, una señora araña descansaba en el centro de una inmensa tela que había construido entre un árbol y la botella. Toda tuya, arácnida. Para que luego digan que trabajar bebiendo alcohol es malo. Menuda telaraña en tiempo record.

He de decir, tras esta explosión de horterismo del turismo de chancletines, que en este pueblo también se puede llevar a cabo una actividad cultural. Se puede visitar el museo del pintor Ivan Aivazovsky, natural de Feodosia y famoso por sus paisajes marinos y escenas bélicas. Muy recomendable.



domingo, 23 de mayo de 2010

EDIMBURGO, Escocia

Hace unos días llegué a Edimburgo y conmigo traje el buen tiempo, como me han dicho los lugareños: este sol sólo sale una semana al año. Y cuando esto ocurre, sus gentes invaden los jardines como si nadie tuviera que trabajar.


Tierras de whisky, Trainspotting, castillos, Braveheart, faldas escocesas, gaitas, pelirrojos, vacas con flequillo y Nessie; suena interesante, ¿verdad? Su capital, de momento lo único que conozco, suena a música celta y puede verse mucha gente vestida con el traje tradicional. Esto se debe a que los escoses son muy patrióticos. Ellos no son Inglaterra. No se os ocurra decirle a un lugareño "Vosotros los ingleses...".
Y además no dicen Edinburgh, dicen "Edimbra".
Un traje escocés puede costar hasta 1000€, normalmente se paga por ello unos 400.




¡Vayamos a dar una vuelta!

Comenzamos en la Catedral de St. Gile (calle The Toyal Mile) que alberga algunas curiosidades como un ángel junto al altar que toca la gaita; partes de la catedral que datan del siglo XII o que éste es el lugar en donde el predicador John Knox estableció la iglesia presbiteriana escocesa.





Pero la historia más importante es la siguiente:
Carlos I se creía tan importante que hizo cambiar el libro religioso para que se rezara por él. Pero un día, cuando el decano estaba leyendo el nuevo libro de oraciones, una chica de 23 años llamada Jenny Geddes se cabreó y le tiró una silla a la cabeza; él devolvió el lanzamiento pero aterrizó en la cara de otra persona; y al final toda la gente se enzarzó en una gran guerra de sillas y objetos varios. Los disturbios llevaron a la Alianza Nacional y por lo tanto las guerras de los Obispos, la primera parte de las Guerras de los Tres Reinos; que incluyó la Guerra Civil Inglesa.
En 1707 se firmó la fusión del Parlamento de Escocia con el Parlamento de Inglaterra, creando así, el Reino de Gran Bretaña.




Enfrente de la puerta principal hay un corazón el el suelo en donde los escoceses escupen para tener suerte, es el único punto de Edimburgo en el que se permite echar japos. Si un policía te descubre haciéndolo fuera del corazón, te cobrará 40 £ (si te ve tirando una colilla, también). Esto se debe a que era un lugar odiado por el pueblo por dos motivos: junto a este corazón se cobraban los impuestos y también marca la posición de la antigua cárcel municipal. Los presos tenían la bonita costumbre de escupir antes de entrar en la cárcel, y esta tradición se sigue manteniendo porque se supone que da suerte. Cuando juega algún equipo de fútbol, eso se pone fino.




A dos metros del baboso corazón está el lugar de los castigos. Si alguien robaba algo, por ejemplo, éste era clavado a la puerta mediante unas estacas en las orejas durante 24 horas. Había dos opciones, quedarse ahí y aguantar estoicamente que los ciudadanos te tiren tomates o te den patadicas sin piedad; o arrancarte de ahí. Si hacías lo segundo, era mejor abandonar Edimburgo pues quedabas físicamente marcado y ya no podrías llevar u na vida normal en la ciudad. Los piercings no estaban de moda.



Detrás de la Iglesia de St. Gile está el Parlamento y entre medio una plaza con una estatua de la que todo el mundo se reía antiguamente.
Se trata de Carlos II vestido de romano, descalzo, sobre un caballo rechoncho y paticorto. Al monarca le ponían una corona de laurel hasta que se estropeaba y la reemplazaban por otra nueva: debido a este desgaste, la cabeza comenzó a perforarse por la coronilla. Como en Edimburgo llovía -y llueve- mucho, entraba agua en la estatua y se estropeaba, lo cual ridiculizaba aún más la imagen de este rey.




Entonces le hicieron un agujero al caballo por la tripa, pero el resultado fue nefasto; cuando llovía parecía que el animal estaba orinando, lo que aún producía más risa entre los ciudadanos. Pero un día vieron la luz: ¡a un genio se le ocurrió tapar el agujero de la coronilla de Carlos!

Junto a esta estatua se ejecutaba y se enterraba a mucha gente, demasiada; lo cual acabó en desastre. Un día que llovió mucho, pero mucho mucho, se armó un barrizal que desembocó en un torrente de cadáveres que se desplazaron por Edimburgo. Precioso, aprended de esto, cinestastas de pelis de zombis.

En la misma plaza, bajo la plaza de aparcamiento número 23 hay un rey enterrado, ¿cuál? Yo no lo sé, por eso os pregunto. Como no era un enterramiento muy digno (no hay lápida ni ninguna placa conmemorativa), alguien se apiadó de él y talló una corona en la pared de la catedral de St Gile, justo en frente de la plaza de aparcamiento.





El ayuntamiento, aunque parezca bajito consta de diez plantas, porque varias de ellas están bajo tierra. Aquí ocurrió algo muy siniestro. Bajo el ayuntamiento había una auténtica ciudad subterránea en la que vivían miles de personas en malas condiciones. Tanta humedad, ratas y falta de higiene hizo que hubiera una epidemia de peste en 1645. Para evitar la expansión de la enfermedad las autoridades adoptaron una cruel decisión: cerrar las entradas al vecindario para impedir la huida de los enfermos, condenando así a toda la población del barrio a una muerte terrible. Dicen que ahora hay fantasmas.




La estatua de la plaza tiene una peculiaridad, las orejas del caballo son, en realidad, de cerdo. Esto se debe a la sutil venganza del escultor por no ser pagado en las condiciones que habían pactado.
La gente se dio cuenta dos semanas después pero no se le dio mucha importancia. Ni se nota.

Esta es la casa más antigua de The Roal Mile (la calle más turística de la parte vieja de la ciudad).
Aquí vivió John Knox y fue construída en 1490.




Detrás tenemos el Museo de los Escritores (Lawnmarket, entrada gratuita). De Edimburgo han salido muchas eminecias literarias:
-Sir Walter Scott. Hasta una estación de tren de Edimburgo se llama como su obra Waverley y en su honor se ha contruído el monumento más alto a un escritor en la calle Princess.
-Robert Burns, poeta nacional.
-Robert Louis Stevenson: La isla del tesoro y Doctor Jekyll y Mister Hyde.
-Arthur Conan Doyle, el creador de Sherlock Holmes.
-J.M. Barrie, el autor de Peter Pan.
-Irvine Wels: Trainspotting.
-J.K. Rowling: la saga de Harry Potter.



De estos personajes está muy orgullosa la gente de Edimburgo y no es para menos. La ciudad ostenta desde 2004 el título de «Ciudad de Literatura de la UNESCO».

En el exterior del mismo edifico del Museo de los Escritores se ven unas escaleras que tienen una peculiaridad típica de aquí, hay un escalón más pequeño que los demás. Esto es una primitiva alarma contra los ladrones. La idea no es mala, pues si sabes que el escalón defectuoso es el séptimo, no te la pegas. El problema es que la gente bebía -y bebe- ingentes cantidades de alcohol y, en ese estado, un escocés no sabía cómo se llamaba y mucho menos, dónde se encontraba el escalón. Ante los eventuales estrépitos, los vecinos dudaban de si había entrado en la casa un ladrón o si se trataba de un habitual tozolón del señor Mc Clelland (por decir un nombre).




Otra esquina curiosa la que une Ramsay Lane con la calle Castle Hill. Aquí encontramos cuatro cosas.
-La cámara oscura: un museo de efectos ópticos, hologramas, etc. Aquí puedes ver cómo serías en mono, en mujer, en gordo. Un buen sitio para ir después de unas pintas.
-El museo del whiskey, la bebida tradicional de Escocia. Te explican el proceso de elaboración y te dejan probar el whiskey, faltaría menos.
-Una iglesia convertida en cafetería.
-Tartan Weaving Mill and Exhibition. Un telar enorme en donde comprar -o sólo probar y hacerse fotos- trajes escoceses.




Muy cerca se celebra el festival militar Military Tattoo de Edimburgo. Las gradas que se ven delante del castillo comienzan a construirse cuatro meses antes de la festividad y se tarda en desmontarlas cuatro meses más. Esto se debe a que los vecinos son muy pijos y no quieren escuchar ni un sólo ruido, por eso los pacientes obreros tienen que trabajar pieza por pieza con mucho cuidadín, no vaya a ser que se despierte de la siesta Lady Mc Gillykelly (por decir otro nombre).





Esta calle tan primorosa y colorida, Victoria Street, ha sido escenario de una macabra historia -como muchas en Edimburgo que no sé qué pasa aquí, pero los muertos dan mucho juego-.
En un hostal de esta calle se había muerto un huésped. La dueña lloraba porque le debía cuatro libras, que por entonces era el sueldo de un mes. Dos individuos conocidos como Burke y Hare decidieron ayudarla. Se llevaron el cadáver y lo vendieron a la Universidad de Medicina para que lo utilizaran en sus clases. Ganaron siete libras, de las cuales cuatro fueron para la dueña del hostal y tres para sus bolsillos. Y vieron el negocio.
Se cargaron a muchos paseantes de la zona mediante el método de la asfixia con almohada para que fuera una muerte limpia. Por estos cuerpos "sanos" ganaban doce libras, una fortuna. Acabaron con unas 19 personas hasta que fueron descubiertos. Un profesor destapó un cadáver en clase de Anatomía e inmediatamente llamó a la policía. Había reconocido al muerto: se trataba de la prostituta de la facultad, y probablemente el profesor había estado con ella hace poco y como consecuencia, sabía que recientemente la mujer estaba sanísima.





Bajando la calle nos encontramos en Grassmarket, como su nombre NO indica, aquí NO se vende marihuana. Pues vaya nombre engañoso -pensaréis, pillines-. No, aquí se vendía el pasto para ganadao, así como cabezas de reses. No obstante, la plaza es más conocida por ser el lugar de Edimburgo en el que más gente se ha ejecutado. Toda Edimburgo iba a ver cómo colgaban a la gente como quien va al cine.
Muchos bares en Edimburgo toman el nombre de algún suceso ahí ocurrido. Por ejemplo, el bar Maggie Dickson, situado en esta plaza, debe el nombre a una mujer que fue colgada como tantos otros desgraciados. A su lado otro bar se llama The Last Drop (La última gota) porque los ejecutados terminaban su vida tomando algo en aquel lugar.
Lo singular de la historia es que cuando estaban llevando el ataúd de Maggie Dickson haciael cementerio, escucharon unos golpes: era Maggie avisando de que no estaba muerta.
Para rematarla quisieron volver a colgarla pero un señor del publico gritó: "¡No se puede ejecutar dos veces a una persona por un sólo delito!". Le hicieron caso y como no encontraron una solución viable, la dejaron libre. Se casó con este anónimo salvador y vivió encima del bar con vistas a las ejecuciones durante 40 años.




En esta plaza hay también tiendas vintage (no os perdáis la tienda W. Amstrong and Son), lugares en donde comer Haggis, tomar pintas, etc.

Siguiendo por Candlemarket Road nos encontramos con la cafetería en donde la millonaria autora de Harry Potter, J.K Rowling, escribía sus cuentos de magos.

Más arriba nos encontramos con el cementerio más famoso de Edimburgo.
Como veis la gente que tenía pasta ponía rejas a las tumbas para que no llegaran los personajes que he comentado antes para robar a su abuelo y venderlo a la facu de medicina.





Otros que tenían aún más pasta se hacían un mausoleo. Éste en concreto se mantiene cerrado con candado porque dicen que hay fantasmas. Como curiosidad, en Edimburgo nacieron los estudios de Parapsicología por sus numerosos sucesos paranormales y se pueden cursar en la Universidad de Edimburgo.



Junto al mausoleo hay un recinto que también mantienen cerrado por los mismos motivos. Aquí se torturó a mucha gente, tanto física como psicológicamente.


Pero los vistantes vienen por otro motivo.
Hacia 1856, un policía llamado John Grey tenía un perro llamado Bobby. Su dueño murió y el perro se quedó esperándole junto a su tumba. Otro hombre que regentaba un bar en las cercanías, de nombre James Brown, alimentaba al perro que no se movió del lugar en 14 años. James murió y fue enterrado junto a Grey. El perrito pasó el resto de su vida entre sus dos dueños.




Bobby fue nombrado hijo predilecto de Edimburgo como símbolo de lealtad y tiene su propia tumba. Como no es legal enterrar a un animal en un cementerio de humanos, éste se encuentra en la entrada, en el hall del cementerio.




Tan importante era el can que le hicieron un molde antes de morir para colocar una réplica de éste en la parte exterior de la entrada del cementerio. ¿Os acordáis de un capítulo de Futurama en el que el perro de Fry espera años y años en la puerta de la pizzería? Está dedicado a Bobby.





Por lo demás, me sorprende la actitud de los escoceses en cuanto a los cementerios. En este en concreto hay una tienda de souvenires, la gente hace picnics o toma el sol sobre las lápidas (y por la noche otras cosas). En esta foto podemos ver que las viviendas se incrustan en el mismo cementerio. Una reunión de muertos no es considerada como un escenario tétrico.




En la otra acera se encuentra el Museo de Escocia que hace un interesantísimo recorrido por Escocia desde los dinosaurios hasta las invenciones tecnológicas en un edificio de seis plantas. El museo es muy visual e interactivo; puedes jugar con maquinitas y botoncicos y lo que es mejor: disfrazarte. Y Ya sabéis que a mí me gusta mucho disfrazarme, como en Bollywood y en un museo de vikingos danés.
Aquí descansa la oveja Dolly disecada -con un pegote de caca en el culo, no me preguntéis porqué-. Los científicos la bautizaron con este nombre en honor a la cantante de country Dolly Parton, porque clonaron a la oveja por medio de células de las glándulas mamarias, y por lo visto, esta mujer las tenía bien desarrolladas.
¡La entrada es gratuita!





Cerca del cementerio hay un castillo-colegió que inspiró a Rowling para su saga de Harry Potter.



Pero el castillo más importante de Edimburgo es El Castillo de Edimburgo -valga la redundancia-. Esta imponente edificación del siglo VI está ubicada sobre una gran roca volcánica paro que el acceso a éste fuera complicado.
En el siglo XI el castillo se conviertió en la residencia favorita de los reyes escoceses. Aquí se encuentra la Piedra del Destino, sobre la que se coronaban los reyes escoceses. Un símbolo de la nación: han tardado 700 años en convencer a los Ingleses para que la devuelvan a Escocia.


Frente al castillo están los jardines de Princess Street. Antiguamente había en su lugar un lago artificial en el que se depositaban los desechos fecales. De ese modo conseguían que la toma del castillo por ese lado fuera menos apetitosa para los invasores. Aún así ha sido invadido en varias ocasiones.
Hay varios caminos para subir pero no todos van al castillo. No hagáis como yo que subí por el primer sendero que vi y cuando parecía que iba a alcanzar la cima, el camino finalizaba abruptamente en esta piedrecica.



Por esta publi-foto deberían regalarme un vuelo los de Spanair. Con motivo de la nueva conexión aérea Barcelona- Edimburgo, han colocado un efímero castillo que imita al original pero con un guiño a la ciudad condal. He trabajado en marketing de turismo y nunca había visto una campaña publicitaria de arena :p


Por esta zona encontramos varios museos gratuitos como la Galería Nacional de Escocia y el Museo de la Moneda; pues Adam Smith, precursor de la economía moderna, nació en esta ciudad.


La capital escocesa es también el origen de importantes personalidades como el inventor Alexander Graham Bell, el presidente Tony Blair, el filósofo David Hume, el actor Sean Connery y el explorador David Livingstone. El padre de la evolución Charles Darwin estudió en su Universidad -y probablemente jugó con las mercancías de Burke y Hare-.

Una vez cubierta la parte cultural, es más que recomendable visitar los pubs de Edimburgo. Éstos son los que me ha dado tiempo de conocer durante estos días. Iré actualizando -excepto los bares que no me gusten, que no serán aquí mencionados-.


-Wistlebinkies (esquina Royal Mile con South Bridge). Música en directo todos los días.
-The Wee Red Bar (Lady Lawson st.). El bar de la escuela de arte. No es muy elegante y cierra pronto pero hay conciertos gratuitos. Aquí pude ver un grupo llamado Delta Mainline que me impresionó en directo. 7 personas que hacen que suenen dos bajos, dos guitarras, teclado, sintetizador, melódica, armónica, batería, maracas, voz y coros.
Acabé ayudando a llevar instrumentos.
-The Forrest Cafe (Bristol place). "Un bar de bohemios" en donde probar delicias vegetarianas.
-The White Hart Inn(Grassmarket). Un antiguo pub escocés con música en directo todos los días a las 21 horas.
-Espionage (Victoria st. 4). El garito más grande de Edimburgo, con cinco plantas enla que se escuchan diferentes tipos de música. La entrada es gratis todos los días de la semana.
-The Citrus Club (40-42 Grindlay Street). Música pop-rock británica. Entrada 6£.
-Sneaky Petes (73 Cowgate). Música soul, electro, minimal, house... Entrada free.



Y para terminar: el mar.
Edimburgo está bañado por el Oceno Atlántico y como el sábado fue un día de sol y chancletas, me sentí atraída magnéticamente por la costa. Me dediqué a caminar durante dos horas en dirección al mar; eso sí, hice una parada para comer y leer en el Royal Botanic Garden.




Más rápido es tomar un bus a Portobello; pero hay días que me levanto modo Forrest Gump; me refiero a que me pongo a andar y me puedo tirar el día en movimiento, como cuando se cruza EEUU.
Los asientos de los autobuses también están tapizados con el tejido típico.


Por el camino me quemé, así que cuando alcancé la playa ya parecía escocesa.
En la costa me encontré con un cementerio de estrellas de mar, así como perros y niños jugando.







Tras la sesión fotográfica perruna me senté en una roca con los pies a remojo: en la lectura de mi novela de viajes intercalaba miradas hacia la inmensidad del océano imaginando los lejanos lugares que describía el libro.
Todo está en calma, he aprovechado estos días, la brisa atlántica alivia mis hombros enrojecidos; me gusta viajar.

Choose Life!





Próxima entrega: Los Highlands. El gran Imperio Romano no pudo penetrar en este territorio verde con hombres azules.