LinkWithin

Related Posts with Thumbnails
Mostrando entradas con la etiqueta Gujarat. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Gujarat. Mostrar todas las entradas

jueves, 5 de febrero de 2009

ANKLESHWAR, El internado de la esperanza




Joaquín, tío de Andrés es un misionero jesuita, pero sobre todo, se dedica a mejorar esta zona de la India. Esa es su ocupación desde hace cuarenta años, y en la India se siente como en su casa. Nos comentó que mientras nos estaba esperando en la estación de tren, a una chica se le cayó una bolsa de cacahuetes al suelo; inmediatamente vino una cabra y se los comió. No es una historia alucinante, pero Joaquín añadió:
-Eso en Pamplona no se ve.
Nuestro europeo y “desarrollado” país puede ser aburrido para alguien acostumbrado a la India: al bullicio y al libre albedrío.
Nos recogió en su jeep y nos llevó a su internado. Cientos de niños uniformados nos esperaban con collares de flores, para darnos la bienvenida.




-Éste casi muere por picadura de cobra.-Sus padres tienen la lepra.
-Su madre envenenó a su padre.
-Ésta vivía en un pueblo llenísimo de suciedad.


Cada niño tiene una historia y el padre Joaquín se las conoce, como conoce a cada familia de cada uno de los 250 niños. Éstos son adivasi o descastados y muchos, ni siquiera son admitidos en las escuelas habituales. En cambio aquí obtienen educación, alojamiento, comida, ropa y mucho amor. Se les recuerda que son personas dignas, que no son menos que los demás; además, cuando superan el décimo curso, pueden pasar a hacer una FP y ser algo en la vida para no ser explotados por los ricos.



Son pocos los que llevan el internado, unas cinco personas, pero los niños han aprendido a servirse la comida, a lavarse la ropa y a asearse ellos solos.
Joaquín nos iba enseñando las instalaciones y no pude evitar emocionarme. Demasiada vitalidad, demasiada alegría junta, como un oasis de esperanza, en medio de una zona deprimida de la India.
Pasamos por el campo de fútbol, por el campo de baloncesto; y a medida que nos acercábamos los niños corrían a jugar a fútbol, a baloncesto, como si nos quisieran explicar para qué sirve cada territorio. Por ejemplo, cuando nos dirigíamos a la piscina, todos corrieron en tropel, desnudándose al mismo tiempo para zambullirse en el agua.


Risas, miradas limpias de ojos enormes y oscuros. Dicen que de la India, nadie se olvida de sus ojos.
Todo les hace mucha ilusión, para cualquier juego, ponen su empeño y parecen pasárselo muy bien. Les pusimos a jugar al limbo, a hacer malabares con piedras, incluso bailaron la Macarena, y si te descuidas, hasta se aprenden la canción.






También hay 165 niñas que son cuidadas por monjas, con normas más estrictas. Los chavales le llaman “Pakistán” al edificio de las niñas. ¿Por qué? Porque son el enemigo, dicen. Pero eso no es verdad, porque todos tienen clase de canto en común, aprovechan para arreglarse y las niñas se ponen sus mejores sharis.









Joaquín está al tanto de los niños que viven por los pueblos de alrededor y cuando cumplen una edad mínima, acude a convencer a los padres para que los lleven al internado. Esa es la parte más complicada, pues les cuesta entender que eso es lo mejor pasa sus hijos.También hay niños huérfanos y eso en el internado sólo se nota los domingos, el día de las visitas familiares. Pasamos unos días aquí; los niños nos seguían a todas partes con sus ojos bien abiertos y Joaquín nos contaba historias increíbles y curiosidades que de otra forma no sabríamos.
No sólo se dedica a los niños, sino que cuando se entera de que alguien tiene un problema, acude en su ayuda. Unos barqueros tenían unos botes destrozados y el cura consiguió dinero para comprar unos nuevos botes y redes para pescar. Ha construido casas o por ejemplo, la cocinera Manjula, que fue abandonada por su marido y Joaquín la invitó a quedarse a vivir al internado. ¡Y cocina tortillas de patata!
La gente que vuelve hastiada de que siempre intenten timar al turista en la India, seguro que no ha estado aquí, donde la gente es muy amable.

Nos invitaron a una festividad de comida de Kerala. Un señor hizo un discurso y nos hizo encender unas velas y después nos sentaron en el suelo, junto con mucha más gente, a comer sus peculiares manjares.


Como todo el mundo estaba atento a nosotros, no pude dejarme la comida hiperpicante y con mucho esfuerzo y sudor (y con las manos) me lo conseguí comer. Desde entonces soy insensible al picante. A Asun se le puso el flequillo con forma de código de barras.

A mi lado había una monja cristiana que hablaba inglés y me preguntaba muchas cosas poniéndome su mano sobre mi hombro, parecía que me estuviera pasando parte de su paz interior aquella mujer de habla pausada. Por supuesto, mi curiosidad también hizo que le acribillara a preguntas. Nada como cotillear con una india. Cuando terminamos de comer, todo el mundo se levantó. Aquí no hacen sobremesa, porque como se come con las manos y la comida lleva muchas salsas, hay que correr a lavárselas. En el internado estábamos a gusto a pesar de llegar con el monzón. Tampoco olvidaré las conversaciones nocturnas en la terraza con Guille y Asun, cuando todo el mundo estaba dormido y sólo se escuchaba el ruido de la vegetación. Hablábamos sobre lo que significa para nosotros viajar, soñábamos con futuros proyectos como Siberia o Mongolia, comentábamos lo que habíamos aprendido durante el día y no éramos del todo conscientes, de que nuestro viaje no había hecho, sino empezar.



ANKLESHWAR, El pueblo




Gujarat es un estado de la India por el que no suelen pasar turistas –excepto Sánchez Dragó-. Los pocos que vienen, se dirigen a la isla de Diu, pero la mayoría de los extranjeros con los que hablamos, lo único que han visto de Gujarat es la estación de tren de Ahmedabad, capital de la región. Gujarat limita con Pakistán y al norte, con la región de Rajastán; aquí nació Mahatma Gandhi.
Ankleshwar no sale en las guías, nadie la recomienda y es totalmente comprensible. Un pueblo cochambroso plagado de vacas autistas, basura conviviendo con chabolas flanqueadas por cuervos y niños harapientos que ni siquiera piden dinero –como en Bombay-, porque no saben tratar a un extranjero; probablemente nunca hayan visto uno. Pero todo esto es lo que hace especial a un paseo por Ankleshwar. Por fin me siento verdaderamente lejos de casa, pues ahora me he alejado de todo lo que huele a turístico.

Aquí conviven hinduistas, musulmanes y cristianos y, sobre todo, los dos primeros no se llevan bastante bien. Los musulmanes trabajan más y tienen comercios algo mejores que los demás; motivo por el que los hinduistas no los tragan del todo. Súmale el misticismo exagerado de la India y la bomba a veces explota en linchamientos a musulmanes.



Joaquín se llevaba bien con todos, le tienen mucho respeto en el pueblo. Nos llevó a cambiar dinero y a comprar billetes de tren en un establecimiento musulmán, en donde le tratan como a un colega; además la gente por la calle le saluda. En una ocasión oímos a un niño que gritaba en voz alta algo en gujarati. El tío de Andrés nos dijo que el niño había gritado: “¡Mira, ahí está el padre Joaquín!”

¿He dicho que los musulmanes en la India se tiñen de pelirrojo? Por lo visto Mahoma tenía el pelo rojo y los que practican esta religión, se tiñen la barba, el cabello o las dos cosas. Por eso es fácil distinguirlos.

Nosotros llegamos en la época de Ramadán. Cuando al anochecer se escuchan unos cantos por la ciudad que invitan al festín. En una ocasión en la que caminábamos por Ankleshwar se puso a llover y encontré una tienducha en la que vendían paraguas. El tendero no ponía ningún interés en vender y parecía nervioso. Luego caí en la cuenta, ¡estaba anocheciendo, y el hombre lo único que quería era ir a taparse ese vacío en el estómago!
Pero los hindúes también tenían su festividad, la dedicada al dios Ganesh. El dios de la suerte con cabeza de elefante, uno de los más importantes en la mitología hindú. Durante estos días, la gente iba a bañar su propia estatuilla de Ganesh al río o al lago más cercano, pero lo que más nos sorprendió, fue la manera de celebrarlo de los hombres. El que en Gujarat haya Ley seca, no impide que se emborrachen con sus alcoholes caseros y a cada minuto se veía pasar un camión de borrachos chillones con la cara pintada de rojo.
Volvimos al internado y algunos niños habían terminado de cenar. Nosotros hablábamos sentados en un murete y los niños nos rodeaban, simplemente observándonos. Estaba pensando en que gustaría saber lo que piensan mientras nos miran y se me ocurrió sacar una revista española que había traído que trataba sobre la India. Les iba pasando las páginas y ellos me decían en gujarati lo que veían “vaca”, “coche”, “tren”, no podría repetir ni una palabra. Les mostré un reportaje que había sobre Bollywood y cuando vieron la foto de la bella Ashwarya Ray, los niños hicieron gestos cómicos de galán. Uno se pasó la mano sobre el pelo, otro se ponía bien el cuello de la camisa, otro comprobaba su aliento. ¿Qué hay que no se pueda decir con gestos?

miércoles, 4 de febrero de 2009

APADRINA UN NIÑO INDIO




La mejor inversión que puede hacer es ésta. En nuestros países derrochamos mucho dinero, algo inevitable por nuestro nivel de vida. Gastamos en cosas superfluas mucho más de 1€ cada 3,6 días. Pues eso es lo que cuesta apadrinar un niño, o lo que es lo mismo, 100 al año.


Con ello se le está cambiando la vida a una personita que no ha tenido las mismas oportunidades que nosotros, pero puede tenerlas gracias a nuestra pequeña aportación. Sé que es difícil convencer a alguien que vive en el Primer Mundo con todas las comodidades y lo entiendo, yo misma pasaba de estos temas antes de ver en persona, lo útil que es cada Euro que reciben. Es la mejor inversión que se puede hacer, porque este niño irá a la escuela y tendrá posibilidad de recibir formación profesional, ir a la universidad, etc.


Si quiere apadrinar o amadrinar a uno de estos niños o simplemente desea más información, envíe un e-mail: tachito_india ( a ) yahoo.co.in
Muchas gracias.
Si quiere saber más sobre el Internado católico de Ankleshwar pincha aquí.

VADODARA (Baroda), visitando españoles


El padre Joaquín nos trajo un amigo que iba a ser nuestro chófer durante el día. Un hombre bajito y sonriente que únicamente hablaba gujarati, por lo que la comunicación fue complicada. El viaje por la carretera que une Ankleshwar y Vadodara fue un tanto curioso.
Entre los camioneros había un duelo de horteras; a ver quién tiene la melodía más estrambótica como bocina. Se parecían a ciertos sonidos de las ferias pero con bastantes más tonalidades y repitiéndose una y otra vez. Estoy segura de que a los indios no les molesta ningún tipo de ruido que se pueda encontrar en este planeta.
Junto al camino estaban los edificios más estrambóticos que he visto. Tenemos un concepto de la belleza distinto al de los indios; para ellos, cuánto más recargolado y colorido sea algo, mejor. ¿Para que utilizar un color, pudiendo usar todos? El colmo fue un "Hotel Hilton" que vimos. No es broma, el edificio se llamaba Hotel Hilton, que no era más que una casa rosa, lila, azul y amarillo, con columas griegas.
En cuanto legamos a Vadodara nos vimos inmersos en un ruidosísimo tráfico.



En la primera parada, una residencia de enfermos terminales, estuvimos hablando con un cura navarro, el mayor de los siete jeuistas que están en Gujarat. El hombre era muy dado a los juegos de palabras, incluso en gujarati, y me preguntó (por haber estudiado en Pamplona) si yo era del Opus. Le contesté que no y su respuesta fue:

-Entonces eres de la Opusición.

Nos contó que llegó aquí cuando tenía 17 años, sin saber inglés ni gujarati. Había estado alguna vez en España, pero sólo aquí se sentía en casa y ahora que le quedaba poco tiempo de vida, no se iba a mover de la India. Nos contó que cuando vinieron a la India en avión, cenaron en Roma, desayunaron en Israel...
Después fuimos a un colegio y nos recibió Luis, un cura de Zaragoza. Me preguntó por la Expo.
Esta es su casa, el lugar que da sentido a sus vidas, y que sin ellos sería difícil que esta zona pudiera progresar.
Tras esto, nuestro sonriente chofer nos llevó a un restaurante, quizá el más picante del mundo. Experimentamos una digestión de tipo trifásico. Notas la comida al comerla, al digerirla y al final…

Terminamos la visita a Vadodara en el parque del Maharajá. Mucha vegetación, flores y un río; de pronto escuchamos un rugido extraño a lo lejos. Le pregunté como pude a nuestro sonriente chófer de qué se trataba:

-Elefant?
-Mmmm

(Rugido)

-Elefant?
-No, no… Tiger!

RAIMA, Una pequeña comunidad


El padre Joaquín nos dijo que tenía que ir a un pueblo a dar una misa y que si queríamos acompañarle. Por supuesto que accedimos, aunque no sea creyente, siempre es interesante.

Por el camino nos contó que en Gujarat existe la Ley Seca pero que en muchas casas se destila su propio alcohol a base de caña de azúcar y elementos que favorecen su fermentación, como orín y pilas. Oficialmente, no se permite el alcohol, en honor a Gandhi; pero en realidad el motivo es que a la policía le interesa quedarse con las comisiones que reciben de cada hogar que fabrica licor. También nos dijo que por el camino hacia Raima, era común encontrarse con osos, hienas y chacales. Le pido a Ganesh que no aparezca ninguno de ellos.

Somos los primeros occidentales que llegamos al pueblo (excepto Joaquín) y también nos recibieron con collares de flores.
Raima tiene el aspecto de un Belén viviente, con sus humildes casas de techazo de paja y cabras atadas en la entrada de las viviendas. Primero fuimos a la casa de una chica que se había quedado huérfana recientemente. Ella estudiaba en el colegio de Joaquín y en una ocasión en la que sus padres le habían ido a visitar, tuvieron un trágico accidente de moto. Había montado un pequeño altar a Jesús con espumillones, luces, etc; estilo indio. La gente del pueblo vino también con nosotros y en cada casa en la que estuvimos, era difícil saber quién vivía en cada una, porque todas se llenaban de gente. Era una comunidad, una gran familia y parecían felices a pesar de la miseria. La gente nos estrechaba las manos diciendo “Namasté” y nos sonreían. Los niños jugaban con los globos que les habíamos traído. No podían hablarnos pero sí a Joaquín, que nos traducía lo que decían.

La misa fue un espectáculo. El colegio del pueblo hacía las veces de iglesia. Nos descalzamos en la entrada y cogimos sitio en el suelo; a la izquierda las mujeres y a la derecha los hombres (de vez en cuando pasaba alguna cucaracha a mi lado). Por supuesto no entendí nada, porque la misa era en gujarati. Las canciones de misa, en gujarati también y lo más curioso, unas cuantas personas tocaban instrumentos indios en una esquina, lo que creaba un ambiente muy místico. Ni siquiera me di cuenta de que todos los bichos estaban yendo a mi collar de flores… Ese día comulgamos, porque la gente está atenta a lo que hacemos. Guillermo nunca había comulgado así que se puede decir que hizo su primera comunión en Raima, un pueblecito perdido en el interior de la India.
Después fuimos a comer a casa de una familia, habían preparado arroz, una carne de muy poca calidad, chapatis muy fritos y unos dulces muy mantecosos. Para ellos era un auténtico festín. Una muestra de hospitalidad, que no veríamos en las ciudades del resto de nuestra hoja de ruta. Aquellas en las que pasan turistas.

Miedo y asco en AHMEDABAD


La llegada a la estación de tren ya fue impactante. No hice fotos por miedo a sacar la cámara. Tullidos famélicos pasaban el día junto a la pared pidiendo limosna. Familias intentando dormir en medio de la vorágine de pasajeros, perros parias y niños mendigos. Un crío estaba siendo pesado conmigo: “ten rupeee, ten rupeeee…” Yo simplemente no le hacía caso, aunque me estirara de la ropa o del brazo. Es molesto, pero lo es más el tener que llevar una vida como la suya. Me lo traería a mi casa, como a tantos otros que me he encontrado en mis viajes para que puedan crecer como un niño se merece. Al final, como dice el escritor Javier Reverte, nuestra mejor ayuda es escribir sobre ellos.

Volviendo al caso, el niño me estaba pidiendo dinero insistentemente, nada que no se pueda aguantar. De pronto, un policía le dio un fuerte golpe en la espalda. El bofetón sonó fuerte y el niño salió corriendo. Me saludó y se fue.
Salimos en busca de un rickshaw pero ningún conductor sabía inglés. Un rickshaw es un pequeño vehículo de tres ruedas de baja cilindrada, que se usa para transportar pasajeros. Como un taxi pero con menor estabilidad y potencia. Al final uno nos dijo que sabía inglés y le indiqué una sinagoga en el mapa que yo quería ver. Era necesario que alguien supiera inglés, porque un mapa indio y uno nuestro no se parece nada, ni el nombre de los lugares porque utilizamos letras diferentes. Por el camino lo único que nos dijo fue “Water tank” o “Guatel tank”, señalando una gran construcción para proveer a los ciudadanos de agua. Esto se puede encontrar repetido en todas las ciudades indias, pero para él, eso era de interés turístico. El resto del viaje nos acordaríamos de Ahmedabad a cada Water tank que viésemos.
La ciudad es la capital de Gujarat, con cinco millones de habitantes. Sus numerosas industrias hacen que un velo de contaminación la cubra y que al forastero le cueste un poco respirar. Sospecho que aquí no sale el Sol, no puede hacer frente a la capa de mierda que tiene el aire y nosotros cada vez nos sentíamos más clocados. Como si la toxicidad del aire nos estuviera emborrachando, y probablemente era así. Nos costó mucho rato cruzar la calle, miles de vehículos pasan a toda velocidad y en varias direcciones, por lo que ir a la acera de enfrente se convierte en una odisea.
Nos metimos asqueados en un precioso restaurante inglés llamada The Green House. Era como un oasis en Mordor, un lugar en el que se puede ignorar lo que está pasando fuera.
Comimos unos nachos con queso que en realidad estaban hechos de chapati y una pizza muy indianizada. No pudimos acompañarlo con cerveza porque seguimos estando en un Estado, en el que el alcohol es ilegal.

Al cabo de un rato salimos a dar un paseo con el fin de llegar a un mercadillo que habíamos visto por el camino. No había un solo turista y la gente, una vez más nos miraba raro. Caminábamos atentos a nuestros bolsos, cámaras, etc y en un momento dado intentamos cruzar para ir a la calle en donde se encuentra el mercadillo. Lo vi, me pareció que no había coches y salí disparada hacia la otra orilla de la calle. Un golpe fuerte en la cadera, el mundo me dio vueltas y me caí al suelo. A mi mochila se le rompió un tirante y se llenó de barro. Yo también me pringué y me dolía la rodilla y la cadera. Me levanté. Un musulmán me había atropellado con su bici y estaba muy nervioso pidiéndome disculpas –se reconocen fácilmente por tener el cabello o la barba teñidos de rojo-. Medio en estado de shock le dije que no pasaba nada, que estoy bien y que siguiera. El pobre hombre estaba muy asustado.
Anteriormente mencioné lo de las palizas a musulmanes y no quiero saber lo que le pueden hacer a alguien si mata al único turista que osa visitar la ciudad. Por ejemplo, aquí si alguien atropella a una persona, los vecinos lo matan a palos. No hay tregua para dar explicaciones, ni oportunidad de escapada; al menos, eso habíamos oído en Ankleshwar.

Decidimos volver al Green House; mis piernas temblaban porque había recibido un buen susto. Menos mal que sólo fue una bici y no un vehículo más grande. Todo nos parecía tan gris y desagradable, que un grupo de adolescentes nos seguía y hasta eso me dio miedo.Entramos a la cafetería y jugamos a cartas. No podía parar de reír, de decir chorradas y palabras inconexas, incluso hice un dibujo inspirado en Ahmedabad.

Volvimos a la estación de tren para ir a Udaipur. Íbamos en Sleeper class, la cabina estaba sucia, con agua y mierda en el suelo y yo aún tenía cara de susto. Me metí en el baño para cambiarme de ropa (por el atropello, la mía estaba sucia y mojada) y estoy segura de que perdí años de vida respirando los efluvios del retrete.Nos tumbamos cada uno en nuestra “cama” y nos reímos de lo mal que lo habíamos pasado… No sabíamos que por la noche sufriríamos más. Los baches no dejaban dormir y parecía, en todo momento, que te ibas a caer el suelo. Deberían existir las correas o cinturones de seguridad, al menos para sujetarse.


Pero aquí no acaba todo.
El revisor nos dijo que a las doce de la noche no se nos ocurriera abrir las persianas, y mucho menos la puerta del vagón, porque ¡íbamos a pasar por zona tribal peligrosa!


A saber a lo que se refería, zulús con lanzas… a saber.