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miércoles, 4 de febrero de 2009

Miedo y asco en AHMEDABAD


La llegada a la estación de tren ya fue impactante. No hice fotos por miedo a sacar la cámara. Tullidos famélicos pasaban el día junto a la pared pidiendo limosna. Familias intentando dormir en medio de la vorágine de pasajeros, perros parias y niños mendigos. Un crío estaba siendo pesado conmigo: “ten rupeee, ten rupeeee…” Yo simplemente no le hacía caso, aunque me estirara de la ropa o del brazo. Es molesto, pero lo es más el tener que llevar una vida como la suya. Me lo traería a mi casa, como a tantos otros que me he encontrado en mis viajes para que puedan crecer como un niño se merece. Al final, como dice el escritor Javier Reverte, nuestra mejor ayuda es escribir sobre ellos.

Volviendo al caso, el niño me estaba pidiendo dinero insistentemente, nada que no se pueda aguantar. De pronto, un policía le dio un fuerte golpe en la espalda. El bofetón sonó fuerte y el niño salió corriendo. Me saludó y se fue.
Salimos en busca de un rickshaw pero ningún conductor sabía inglés. Un rickshaw es un pequeño vehículo de tres ruedas de baja cilindrada, que se usa para transportar pasajeros. Como un taxi pero con menor estabilidad y potencia. Al final uno nos dijo que sabía inglés y le indiqué una sinagoga en el mapa que yo quería ver. Era necesario que alguien supiera inglés, porque un mapa indio y uno nuestro no se parece nada, ni el nombre de los lugares porque utilizamos letras diferentes. Por el camino lo único que nos dijo fue “Water tank” o “Guatel tank”, señalando una gran construcción para proveer a los ciudadanos de agua. Esto se puede encontrar repetido en todas las ciudades indias, pero para él, eso era de interés turístico. El resto del viaje nos acordaríamos de Ahmedabad a cada Water tank que viésemos.
La ciudad es la capital de Gujarat, con cinco millones de habitantes. Sus numerosas industrias hacen que un velo de contaminación la cubra y que al forastero le cueste un poco respirar. Sospecho que aquí no sale el Sol, no puede hacer frente a la capa de mierda que tiene el aire y nosotros cada vez nos sentíamos más clocados. Como si la toxicidad del aire nos estuviera emborrachando, y probablemente era así. Nos costó mucho rato cruzar la calle, miles de vehículos pasan a toda velocidad y en varias direcciones, por lo que ir a la acera de enfrente se convierte en una odisea.
Nos metimos asqueados en un precioso restaurante inglés llamada The Green House. Era como un oasis en Mordor, un lugar en el que se puede ignorar lo que está pasando fuera.
Comimos unos nachos con queso que en realidad estaban hechos de chapati y una pizza muy indianizada. No pudimos acompañarlo con cerveza porque seguimos estando en un Estado, en el que el alcohol es ilegal.

Al cabo de un rato salimos a dar un paseo con el fin de llegar a un mercadillo que habíamos visto por el camino. No había un solo turista y la gente, una vez más nos miraba raro. Caminábamos atentos a nuestros bolsos, cámaras, etc y en un momento dado intentamos cruzar para ir a la calle en donde se encuentra el mercadillo. Lo vi, me pareció que no había coches y salí disparada hacia la otra orilla de la calle. Un golpe fuerte en la cadera, el mundo me dio vueltas y me caí al suelo. A mi mochila se le rompió un tirante y se llenó de barro. Yo también me pringué y me dolía la rodilla y la cadera. Me levanté. Un musulmán me había atropellado con su bici y estaba muy nervioso pidiéndome disculpas –se reconocen fácilmente por tener el cabello o la barba teñidos de rojo-. Medio en estado de shock le dije que no pasaba nada, que estoy bien y que siguiera. El pobre hombre estaba muy asustado.
Anteriormente mencioné lo de las palizas a musulmanes y no quiero saber lo que le pueden hacer a alguien si mata al único turista que osa visitar la ciudad. Por ejemplo, aquí si alguien atropella a una persona, los vecinos lo matan a palos. No hay tregua para dar explicaciones, ni oportunidad de escapada; al menos, eso habíamos oído en Ankleshwar.

Decidimos volver al Green House; mis piernas temblaban porque había recibido un buen susto. Menos mal que sólo fue una bici y no un vehículo más grande. Todo nos parecía tan gris y desagradable, que un grupo de adolescentes nos seguía y hasta eso me dio miedo.Entramos a la cafetería y jugamos a cartas. No podía parar de reír, de decir chorradas y palabras inconexas, incluso hice un dibujo inspirado en Ahmedabad.

Volvimos a la estación de tren para ir a Udaipur. Íbamos en Sleeper class, la cabina estaba sucia, con agua y mierda en el suelo y yo aún tenía cara de susto. Me metí en el baño para cambiarme de ropa (por el atropello, la mía estaba sucia y mojada) y estoy segura de que perdí años de vida respirando los efluvios del retrete.Nos tumbamos cada uno en nuestra “cama” y nos reímos de lo mal que lo habíamos pasado… No sabíamos que por la noche sufriríamos más. Los baches no dejaban dormir y parecía, en todo momento, que te ibas a caer el suelo. Deberían existir las correas o cinturones de seguridad, al menos para sujetarse.


Pero aquí no acaba todo.
El revisor nos dijo que a las doce de la noche no se nos ocurriera abrir las persianas, y mucho menos la puerta del vagón, porque ¡íbamos a pasar por zona tribal peligrosa!


A saber a lo que se refería, zulús con lanzas… a saber.