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viernes, 7 de noviembre de 2008

PRAGA, República Checa

En un maravilloso autobús de la agencia Student Agency nos fuimos por unos pocos euros de Pilsen a Praga. Lo de maravilloso viene porque te ponen peli, los asientos son cómodos, puedes escuchar música y te invitan a un café (siempre me entra modorra en el bus, un café es lo mejor que pueden darme).

Había quedado con el también maño Javier, para ir a su residencia, pero no cogía el móvil. Nos fuimos a un hostal. La recepcionista casualmente estaba intentando escribir un email en español muy chungo y nos pidió ayuda. Tras haber desplegado el chiringuito de bultos en recepción, accedimos muy gustosamente a ayudarla. Peeero, entonces vimos el negocio y le pedimos chequear mi email.
-“Yes of course”-. En efecto, había recibido un mail en el que Javier me daba el número de “su colega” porque se había dejado el suyo en Budapest.

Nos despedimos y nos fuimos a su residencia. Se trataba de una enorme residencia lejos de todo, en Hostivar. Unos ocho edificios llenos de estudiantes. Vamos, que en los mismos pasillos se montan unas fiestas del copón. Ahí nos dejaron una habitación entera para nosotros tres de unas españolas –Neus y Belén- que se habían ido a pasar unos días a Cracovia.

Nos dispusimos a salir de fiesta. Para ello probamos el método checo de beber. Porque ya se sabe el dicho “A donde fueres, bebe lo que encuentres”. Se trataba detomar un chupito de vodka y antes de respirar, dar un trago a un zumo de naranja. No sabe alcohol y te podías beber tranquilamente seis, por lo que acababas con un pedo gracioso de una duración más que prolongada.

Tras este show en la calle nos fuimos a la discoteca Búnker. El nombre no es un alarde de creatividad, porque se trata realmente de un búnker en donde disfrutamos una noche de Techno-trance. Decoración cuidada, cerveza buena y barata; y mucho baile. Había un Erasmus de Georgia. Me entraron ganas de preguntarle algo de su país debido a mi gran desconocimiento del lugar.
Al día siguiente, nos fuimos a ver la ciudad. La plaza de la Ciudad Vieja, en donde se encuentra el mítico reloj y cientos de turistas esperando a que a la hora en punto salgan los autómatas del reloj. El show es una tontería, vaya, totalmente prescindible. Pero los edificios que la rodean bien merecen un paseo.

Volvamos al reloj. Éste no se hizo para dar la hora exacta, sino que reproduce las órbitas del Sol y de la Luna alrededor de la Tierra. Además, registra tres clases diferentes de hora (la de Bohemia con números arábigos, la hora vigente en números romanos y el cielo dividido en doce estadios. También tiene un esqueleto simbolizando a la muerte, un turco que es la imagen de la lujuria (¿por qué?), la vanidad (un tío mirándose a un espejo) y la avaricia.

Seguimos paseando evitando los odiosos paquetes turísticos de españoles y japoneses (ambos, los más pesados y numerosos del mundo). En la misma plaza tenemos la Iglesia de Nuestra Señora del Tyn, la cual impresiona más de noche (lo que parecía el castillo del Conde Drácula, de día parece el convento de las Clarisas).

Pasando por tiendas de souvenirs y marionetas, llegamos al puente peatonal de Carlos IV hacia Malá Strana. Cruza el anchísimo río Moldaba pero eso es lo de menos. En el mismo puente se reúnen artistas como músicos, artesanos, caricaturistas, etc; y termina en unas torres (las Torres de Malá Strana) de estilo gótico, construidas a finales del siglo XIV. Muy gonito.

Fuimos callejeando, viendo tiendas de marionetas y descubriendo curiosas costumbres como la de colgar candados en las vallas a modo de recuerdo.

Una vez cubierta la parte cultural viene la cena y la cerveza; que aquí se hace pronto de noche.
Es increíble la oferta nocturna de Praga. ¿Qué quieres salir un lunes? Pues acabas a las siete con una cogorza elegante, ¿Un sábado?, ¿un domingo? Como usted quiera. Y así fue. Si es que lo ponen a güevo para que nuestros queridos Erasmuses vivan más de noche que de día: amplia oferta nocturna, poco que estudiar, cerveza buenísima a precio de risa, ambiente todos los días…
Otra cosa que no sale en las guías es lo fácil que es colarse en el tranvía. Basta con hacerse el dormido, como los checos. Aunque en una ocasión me dormí de verdad y en la última parada el conductor me despertó gritando y sacudiéndome, a lo que salí corriendo como si el diablo me persiguiera.
Fuimos un día a una discoteca de decoración futurista y psicodélica (en la que ponían Hard Techno) y otro día a una discoteca pija, Deluxe, en lo alto de un edificio, con cristaleras incluidas a lo escena final de El club de la lucha. Aquí había fiesta afrolatina, es decir, un grupo de batukada tocaba (muy bien) mientras checos sin estilo y brasileñas con mucho ritmo, bailaban sin parar.



También pillamos una terrorífica fiesta Erasmus en otro bar, con música ochentera.

Seguimos viendo la ciudad. Vimos el famoso edificio de Frank Ghery, dimos un paseo por el barrio judío, nos subimos a una montañica en donde estaba el castillo de Praga: enorme y lleno de turistas. Ojo con las gárgolas de la Catedral de san Vito, impresionantes.

Aún quedaba algo muy típico por hacer. Ir a la ópera.
Nos metimos a ver la función Josufa, por dos euros. Se trataba de una ópera teatralizada en perfecto checo, pero como curiosidad, había subtítulos en alemán yen inglés. Por supuesto, alquilamos unos prismáticos dorados. A la salida me salía la voz en soprano.
Praga, fue más fiesta que cultura, aunque en la cultura también se engloba la fiesta, ¿por qué no? Bonita ciudad, por cierto.

Ganesh está con resaca.