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sábado, 31 de enero de 2009

TAJ MAHAL, India


El Taj Mahal, nueva maravilla del mundo y Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, es en realidad un monumento al amor. Mumtaz Mahal le exigió a su marido antes de morir un mausoleo de puro mármol que inmortalizara su amor, pues ésta era la mujer favorita del emperador mogol Shah Jahan, que murió al dar a luz a su 14º hijo. Unos 20.000 obreros y veinte años de trabajo, hicieron falta para cumplir el "capricho".
Al rededor del recinto hay toda clase de vendedores ambulantes, tráfico, etc; sólo las taquillas y un sistema absurdo de seguridad, separa la verdadera India con la puerta de esta maravilla arquitectónica, que combina elementos indios, persas, islámicos, incluso turcos.
Pagamos la entrada, como siempre mucho más cara para los extranjeros: 15€ frente a los 30 céntimos que tienen que pagar los indios.

Da igual lo que cobren, los turistas siempre pagaremos por ver el Taj Mahal, valga lo que valga, y eso lo saben.
Nos quitan mecheros, pipas de fumar y demás objetos que podrían estropear la obra, cuando ellos mismos se la están cargando con la industria contaminante que se encuentra a sus alrededores. Al menos han puesto papeleras en el recinto, son las primeras que veo durante todo el tiempo viajando en la India. Belleza blanca y equilibrio hacen del Taj un oasis en medio del caos.
Una construcción de este tamaño, debe tener una entrada acorde. Para entrar hay que pasar por la Darwaza, un edificio monumental construido en arenisca roja. Lo cruzamos pensando si lo que había al otro lado cumpliría nuestras expectativas.





Nada más atravesar la puerta, los turistas luchan por sacar la mejor instantánea. Yo le hice tantas, que la debí desgastar un poco.

Una pareja de indios se hicieron una foto conmigo y el Taj Mahal de fondo. Primero con el marido, después con la mujer. Como no sabían inglés me quedé con la duda de porqué habían hecho eso.

Otro chico indio que hablaba inglés me explicó que este monumento también es visitado por turistas indios, gente que viene de los pueblos y que en su vida han visto a una occidental. Por eso también se hacen fotos conmigo, porque les resulto algo curioso. Me imagino una foto enmarcada en la que salga yo, en la estantería de una casa de pueblo.


Nos hacemos las típicas fotos, incluso tenemos una panorámica en la que salimos los cuatro, dos veces cada uno.
Seguimos por el jardín, que mide 320 x 300 metros e incluye canteros de flores, senderos elevados, avenidas de árboles, fuentes, cursos de agua, y piletas que reflejan la imagen de los edificios en el agua: un diseño inspirado en la tradición persa con el fin de representar a los jardines del paraíso.
El mármol que caracteriza la construcción está por todas partes salpicado de piedras preciosas incrustadas en él y traídas de toda Asia: el jaspe se trajo del Punjab y el cristal y el jade desde China. Desde el Tíbet se trajeron turquesas y desde Afganistán el lapislázuli, mientras que los zafiros provenían de Ceilán y la carnelia de Arabia.
Un microvideo para que os hagáis la idea de su altura:





En el interior se encuentran las réplicas de las tumbas, que se hallan en el sótano, decoradas con los noventa nombres que se le dan al Corán.
No sé cuántas horas estuve, ni cuántas hubiera podido pasar mirando el Taj Mahal, para que me fuera tuvo que anochecer. Una gran maravilla del mundo moderno, que no defrauda y la volveré a visitar si vengo de nuevo a la India.

viernes, 30 de enero de 2009

AGRA, la ciudad del Taj Mahal. India


Agra es la ciudad más turística de la India, mundialmente conocida por su maravilla arquitectónica, el Taj Mahal; pero ésta, bien merece un capítulo aparte.
Llegamos a la ciudad y buscamos un hostel desde el que se pueda ver el Taj Majal, lo que engloba a todos o a casi todos, pues los indios tienen la buena costumbre de construir la cafetería de los hoteles en el tejado. Dado nuestro ruducido presupuesto, tampoco buscamos tener vistas desde la habitación; ésta sirve para dormir y poco más.
Encontramos uno, para llegar hasta la puerta atravesamos un callejón esquivando un burro que comía sobras. Su cara parecía decir "¡Oh no!, ¡otra vez en burro!, ¿Cuándo naceré vaca?". Era todo un saco de huesos.
Nos apresuramos a desayunar en el roof top y admiramos por primera vez el grandioso mausoleo. Lo que le rodea es la típica ciudad india: casuchas con monos correteando por sus tejados.



Pensaba que cuidaban la ciudad por ser tan turística, pero no es así. Mierda y vacas. De hecho la ciudad en sí no es nada turística, a excepción del Taj Majal, el Fuerte Rojo y el mausoleo de Itimad-Ud-Daulah, no se ven turistas por las calles. Todo sigue igual, como si el hecho de albergar una de las nuevas siete maravillas del mundo no importara.
Nos disponemos a ver la ciudad y primero fuimos al Fuerte Rojo, un palacio amurallado construido con piedra arenisca roja, por el emperador Akbar en el siglo XVI. Intenté entrar camuflándome entre un grupo de japonesas; con mis gafas de sol enormes en la entrada me dijeron "sayonara", pero luego pedían el ticket así que media vuelta. Me hizo gracia ver lo "integradas" que iban algunas niponas... ¡vestían sari!
Mientras Guille y Asun se quedaban en el Fuerte Rojo, Andrés y yo nos fuimos a callejear. No vimos ningún turista, se ve que la mayoría vienen a hacer una visita fugaz al Taj Majal, y si se tercia, al Fuerte Rojo.


Un conductor de rickshaw fue sincero con nosotros, algo que se agradece en la India. Nos dijo que si nos llevaba a joyerías y aguántabamos diez minutos en ellas, él se llevaba una comisión y esa noche podrían cenar a gusto él y su familia. Otros conductores y taxistas, te llevan directamente sin avisar. Como no teníamos otra cosa que hacer, accedimos a hacer el paripé y le invitamos a un chai. El hombre estaba realmente contento.



Se me hacían largos los diez minutos haciendo como si me interesaran las sortijas o los jerseys de cachemira. En una ocasión, la última tienda que visitamos, nos llevó a una especie de palacio en las afueras. Andrés y yo hicimos de matrimonio interesado en oro blanco y diamantes. El hombre que nos atendía tenía gestos de estar muy seguro de sí mismo y una pícara inteligencia, no me extrañáría que estuviera implicado en algún negocio poco fiable, pues he oído que los indios falsifican muy bien los diamantes. Él quería que compráramos para vender en Europa, y será porque yo no entiendo de piedras, pero a mí me parecían reales.
A la salida nos esperaba nuestro conductor muy contento y quería llevarnos a más tiendas, pero estábamos agotados de actuar.
Fuimos diréctamente al Taj Majal.
Por cierto, por la noche el mausoleo no se ve, no está iluminado. Cenábamos en el tejado del hotel, entornando la vista, a ver si conseguíamos ver parte de las deliciosamente dispuestas toneladas de marfil.

jueves, 29 de enero de 2009

FATEHPUR SIKRI, la ciudad abandonada. India


Fatehpur Sikri, una ciudad abandonada pero hermosa, situada a unos 40 km de Agra. Las leyendas en torno a ella varían mucho según quién las cuente, porque no se sabe a ciencia cierta lo que ocurrió. Por este motivo no deje que alguien le haga de guía, lo más probable es que se invente lo que le cuente. Eso sí, ¡con mucha imaginación.



Esta ciudad mogol fue construida por el emperador Akbar, utilizada durante 17 años, y abandonada probablemente por las sequías. Se dice que el emperador escogió la colina de Sikri tras haber consultado al jeque Salim Chistie, santo nacido en ese lugar, que profetizó a Akbar el nacimiento de tres hijos. Otros dicen que el mismo hijo de Salim Christi, de seis meses de edad, se inmoló para reencarnarse en las entrañas de la emperatriz y darle un hijo. Sea lo que sea, dos años después el emperador tuvo su primer hijo y Akbar inició en Sikri la construcción de una mezquita y un palacio. Los nobles de la corte vivían en las cercanías y así apareció una nueva ciudad. En 1573, tras la conquista de Guyarat, Akbar le puso el prefijo de Fatehpur que significa Ciudad de la Victoria; pero doce años después la corte abandonaría el lugar repentinamente.

Lo primero que nos encontramos al llegar es un mercado bullicioso, lleno de gente, olores y especias. No es una ciudad completamente abandonada; o puede que viniera gente a vivir debido al tirón turístico de Fatehpur Sikri.



La Mezquita y el Palacio Imperial constituyen una obra maestra única que hay que visitar descalzo, a pesar de lo caliente que está el suelo. Primero en la mezquita nos pusieron un gorro para poder entrar y un chico se ofreció a enseñármela en español para poder practicar el idioma. El joven me estaba contando que a través de las celosías de alabastro que decoran la mezquita, yo puedo ver a los que están afuera pero ellos a mí no. Se me ocurrió asomarme por uno de los agujerillos y también había otro indio asomándose desde fuera que al verme gritó "¡Muchaaaa caloooor!", evidéntemente salí de la mezquita partiéndome de risa.
Cruzando la enorme plaza, nos encontramos con la tumba de Sheikh Salim Chishti, de mármol blanco.

El Palacio Imperial de Fatehpur Sikri está formado por una serie de pabellones y amplios patios rectangulares unidos entre si, agrupados en terrazas en la cima de la estrecha colina de Sikri. Al igual que la mayoría de los palacios indios de la época se compone de una zona para mujeres, una zona para hombres y una zona pública. Aquí destacan los siguientes edificios:
Diwan-i-Aam: Amplio patio con un magnifico pabellón que se utilizaba para las audiencias públicas del emperador.

Diwan-i-khas: O pabellón de las audiencias privadas. Destacando el Eje central sobre soportes esculpidos.


El Panch Mahal: Pabellón abierto de cinco alturas que domina el patio Pachisi, donde se cree que las reinas de Akbar y sus sirvientas se reunían para jugar al "parchis", de donde la viene el nombre.


A finales del siglo XVI Fatehpur Sikri, entre el olvido por un lado y las sequías por otro, quedó en un estado de lamentable descuido, hasta tal punto que se hizo territorio de animales salvajes.

domingo, 25 de enero de 2009

DELHI, Capital de la India


Llegamos a Delhi a las dos de la madrugada y nos encontramos con la imagen más impactante del viaje. Cientos de personas dormían en el suelo de la estación y sus alrededores ocupando una extensa superficie de cuerpos tumbados. Familias enteras, bebés, ancianos, gente de todas las edades dormían esperando que el día siguiente sea mejor, no sé si con muchas esperanzas.
Teníamos que pasar entre ellos con las mochilas a cuestas, pero a veces el espacio entre una persona y otras era tan reducido que no podíamos evitar pisar parte de su ropa. Si alguien hubiera tenido en esos momentos una cámara, podría haber sacado una foto burdamente simbólica: cuatro intrusos del Primer Mundo pasan por encima de cientos de indios, que no se apartan de nosotros por falta de espacio.
Conseguimos salir de la estación y nos esperaban muchos taxistas, por lo que se armo un follón. Todos deseaban llevarnos, pero sólo uno podría hacerlo. En fin, estaba cansada y hambrienta para más discusiones.
Al taxista ganador le dijimos que nos llevara a Connaught Place, el centro de Nueva Delhi que recientemente había sufrido un atentado con treinta muertos. Colocaron en un artefacto bajo un rickshaw.
"El rickshaw voló por los aires por el impacto de la explosión y vi cuerpos volando en todas las direcciones", describió Roshan Lal, un testigo en el mercado Ghaffar.


Pasamos por amplias avenidas con edificaciones coloniales y algunos rascacielos. Me dio la impresión de que Delhi no representa a la India, al menos no lo hace la parte nueva; tan cuidada y llena de zonas verdes. Me imagino a los dirigentes de otros países, que al visitar únicamente el Taj Mahal y Nueva Delhi, se deben llevar una idea muy equivocada de la India como “una de las mayores potencias económicas del mundo”, (seguro que no vienen en tren).

Llegamos al Asian Hotel y, tras negociar un rato, nos dieron una habitación para los cuatro bastante barata. Se rieron de mí cuando pedí algo para cenar. “¡Pero si son las dos!”. Vaya…
Al día siguiente me desperté con el hambre más voraz y nos fuimos a una deliciosa cafetería inglesa. Casi me sentó hasta mal tomarme un café y una madalena tan inmensos. Tras este gran desayuno fuimos a comprar los billetes de avión Katmandú-Benarés y Benarés-Bombay para ir a Nepal por tierra, pero volver por avión. La página de Indian Airlines daba problemas para comprar, así que nos fuimos a sus oficinas en el centro de Nueva Delhi. Aire acondicionado, empleadas con bonitos uniformes de saris rojos, sofás, qué elegante… Hasta que aparecieron dos ratas tamaño cobaya corriendo por el rodapié; seguimos en la India.


Como esa misma tarde teníamos el tren a Benarés, no tuvimos mucho tiempo para visitar esta ciudad de 11 millones y medio de habitantes. Pero sí que vimos la zona residencial de los embajadores, la Puerta de la India rodeada de jardines –construida en memoria de los soldados indios que murieron en la Primera Guerra Mundial, el Palacio Presidencial (de pasada, porque no dejan aparcar en el recinto), parte de Vieja Delhi y el Templo Sij. Tuvimos la suerte de que nuestro conductor de taxi profesaba la religión sij y nos invitó a enseñarnos el templo.


Resumiendo, los sij se reconocen fácilmente por sus enormes turbantes característicos y suelen tener algo más de dinero que los hindús. Como su colocación no es fácil, existen "los peluqueros de tela", que ponen los turbantes a sus clientes a cambio de unas rupias. En estos turbantes esconden una gran mata de pelo, cosa que deduzco por sus artículos de fe o sus cinco K:

-Kesh: pelo largo sin cortar
-Khanga: un pequeño peinje de madera para recogerse el pelo.
-Kara: un brazalete metálico.
-Kacha: ropa interior de algodón.
-Kirpan: una daga pequeña.


Además, nuestro simpático taxista sij, nos mostró la cocina del templo sij, que da de comer a más de mil personas al día gratis. Algo que dice mucho de esta religión.





Tanto ver señoras amasando chapatis y druidas removiendo ollas, nos entró hambre y fuimos a probar las delicias del Mc Donalds -por curiosidad, fue la única vez en el viaje, lo prometo-. Estos establecimientos de comida rápida son diferentes en cada país, amoldándose en parte a las costumbres culinarias. Entre que los hinduistas no comen carne de vaca y los musulmanes rechazan al cerdo, a ver qué nos dan. Pedimos un Chicken Maharajá Mac Menú y sabía a la India, a especias varias.


Aquí terminó nuestra breve visita a la capital India, una ciudad en la que los contrastes de la India son mucho mayores. Una Delhi residencial de amplias avenidas frente a la vieja Delhi, bulliciosa y febril, esforzándose por sobrevivir.

martes, 13 de enero de 2009

BENARÉS (VARANASI), India


Lo primero que hacemos en Benarés es ir en busca de un hotel. Por el camino más caos, vacas, gente que transporta grandes cargas en una moto, ciclorickshaws, edificios estrambóticos. En
este momento en el taxi nos percatamos de algo:

-Asun: Hemos llegado a un momento en el que si vemos un oso por la calle, ya ni nos sorprende. -Guille: ¡No nos sorprendería ni ver un tiranosaurio!

Benarés ha sido tradicionalmente conocida por Varanasi, nombre compuesto por los ríos Varouna y Assi, que confluyen en el Ganges, río que representa a Shiva. Todos los hindús desean morir en el Ganges o ser incinerado para que sus cenizas lleguen hasta el corazón de Shiva. De éste modo optan por una reencarnación más favorable o, si se han conseguido los méritos necesarios, quedar libre del ciclo de las reencarnaciones y entrar directamente en el Nirvana.
Ya sea en tren, en vaca o en autobús, a esta ciudad llegan muchos cadáveres de toda la India –vimos un féretro transportado en un rickshaw junto con otros pasajeros- y muchos ancianos peregrinan hasta aquí pensando que van a morir pronto, pero la vida se alarga sin quererlo y la muerte llega lentamente por inanición.

Llegamos al comienzo del callejón en dónde se encuentra el hotel que buscábamos porque salía en la Lonely Planet. Andrés y yo nos fuimos a buscarlo porque el coche no cabía entre tan estrechas calles. Estuvimos unos veinte minutos caminando por unas callejuelas del medievo llenas de vacas, extraños santuarios, shadus, mierda y charcos hasta que encontramos el Hotel (cuyo nombre no recuerdo). Nos pidieron cuatro veces más que el precio que indicaba la guía, así que nos dimos media vuelta. Las guías famosas no vienen bien para escoger hotel en la India, porque en cuanto el dueño de un hotel ve que su negocio está publicado y que, por tanto, recibirá clientela; no duda en multiplicar el precio.

Volvimos al taxi y le preguntamos al conductor si conocía un hotel barato, negociamos el precio ahí mismo y nos llevó a un hostalito con encanto. Aquí conocimos a tres mochileros suecos con los que viajaríamos los días siguientes. Voy a hacer una breve descripción de estos ejemplares únicos:

1. Christian: (Que esta como una bola) tenía una vida perfecta con buen trabajo y novia
maravillosa pero se compraron dos gatos de 1600 euros cada uno. Esto le hizo plantearse su vida; lo dejó todo y se puso a viajar.
2.Fred erick:(Que parece un vikingo) vive de okupa en Barcelona haciendo de telefonista para una empresa sueca. Lleva varios meses en Nepal, en una familia en donde le hacen ordeñar a los búfalos y recoger los huevos de las gallinas.
3. Lars: (Altísimo) es nadador y habla muy poco, lo justo.


Tras una merecida siesta en el hostal. Nos fuimos a ver los ghats, las escalinatas que llevan al Ganges, desde las que la gente lleva a cabo sus abluciones.
Ya en el primer ghat se estaban celebrando dos cremaciones. Dos mujeres ardían sobre unos troncos, podíamos ver sus caras. Pero el ambiente no era el de un funeral tal y como conocemos. Varías decenas de hombres discutían a grito pelado. ¿Dónde esta la espiritualidad india y el respeto a los muertos? Mientras abandonábamos aquel ghat, un indio me gritó en español “Mira, mira, ¡cremación!”.


Seguimos caminando. Unas niñas me pintaron con unos polvos brillantes y me pidieron dinero; les doy un par de rupias. Un señor nos intentó convencer para llevarnos en bote, después otro, y otro, y otro, y otro, y muchos a la vez… Queríamos caminar tranquilos, algo que resultó imposible aquí; pero nos libramos en cuanto apareció un pack turístico de españoles, pues prefirieron acoserlos a ellos. Sabían que podían sacar más dinero de ahí.
Estaba comenzando un espectáculo y nos sentamos a verlo. Varios hombres vestidos con túnicas naranjas, cantaban y levantaban en círculos una especie de candelabros con luces. No supimos de qué trataba y esto me hizo sentirme lejos de casa; una sensación placentera, la que me hace engancharme a esto de viajar.




Fuimos al hotel a cenar y ahí estaban los suecos con una botella de whisky xxx. En un momento dado nos atacó un bicho del tamaño de un paquete de tabaco. Sólo esperé no encontrarme uno de estos en la habitación.
Más tarde supimos que se trataba de un belostomatidae, un insecto más que peligroso:
Su picotazo es considerado el más doloroso que puede producir insecto o arácnido alguno, no solo porque las chinches (hemípteros) tienen el veneno más irritante conocido, sino porque debido a su tamaño pueden inyectar tal cantidad en el tejido muscular, que disolviéndolo, pueden producir una lesión permanente.

Había un empleado de unos setenta años, al que los vikingos le apodaban “Rambo” por lo fuerte que era. Todos probaron a hacerle un pulso pero nadie pudo con él. Éste señor era muy simpático y un experto enciendiendo bidis. Rambo había trabajado remando en uno de los cientos de botes que hay en el Ganges, lo que hizo que hora tuviera unos brazos más que fuertes.
Habíamos contratado en el hotel un bote para navegar al amanecer por el Ganges. El conductor de éste no se despertó hasta las ocho y a esas horas ya había amanecido. No entendió por qué ya no queríamos sus servicios y nos fuimos otra vez al Ganges. Nos habíamos cansado de que nos persiguieran intentando vender cosas y nos fuimos a la otra orilla para ver qué había.


Nos encontramos con la antítesis de la otra orilla. No había casas, ni gente, ni búfalos, ni vacas; sólo una explanada desértica y silenciosa. Una gozada por entonces. Nos encontramos con unos perros que vivían en manada y un hombre que plantaba chitos en medio de la arena.
Nos sentamos a disfrutar del silencio, lo había olvidado.

Cuanzo fuimos a cruzarlo otra vez para volver al bullicio, vimos a la manada de perros devorando algo envuelto en tela. Me imaginé lo peor, pues los bebes suelen entregarse al Ganges cubiertos por una sábana.




Dimos una vuelta por la ciudad. Se hacía complicado andar por la cantidad de gente que había. Andrés, Asun y Guille vieron un altar echo con un mono muerto rodeado de velas y flores. Yo me lo perdí porque estaría embobada mirando cualquier tienda multicolor.



Terminamos en un supermercado en el que vendían ropa interior con la imagen de un modelo que podría ser un híbrido entre Borat y Freddie Mercury. Al lado colgaban unos calcetines marca “Paranoia”, probablemente refiriéndose al modelo anterior.


Al día siguiente fuimos a visitar el recinto universitario de Benarés, uno de los campus más grandes de la India. Aquí conocimos a un estudiante de canto que nos llevó por las universidades. Decía que tenía tres horas lectivas al día y parecía bastante vago.
Después se empeñó en quedarse mis gafas de sol. Vaya hombre, ¡y yo que pensaba que nos estaba enseñando la universidad desinteresadamente!


Lo más sorprendente fue la Universidad de Medicina. Por los pasillos había pilas de papeles mal doblados y amarillentos que no parecían importar a nadie y entramos a una habitación en la que había una especie de ollas de espaguetis en las que ponía “corazones”, “pulmones”, “restos”. En fin, nos fuimos un poco espantados de ahí.

Benarés, la ciudad sagrada parece sufrir plagas constántemente. La primera vez que estuvimos nos encontramos la ciudad llena de pequeños saltamontes; en la segunda había muchísimas hormigas cabezonas y una de ellas debió picarle a Asun en el ojo mientras dormía.
En la segunda ocasión, sólo hicimos una noche en la ciudad sagrada para coger un avión hasta Bombay. Nos encontramos con un aeropuerto sucio, con las paredes descolchadas y la totalidad de los empleados haciendo el vago fuera del edificio. Como estábamos sólos, me pesé en la báscula de Air India.




Termino la crónica de Benarés, con un fragmento de mi cuaderno de viajes

Gente sumergiéndose, lavándose los dientes, dejando a sus seres queridos, cremaciones, vendedores de cualquier cosa, barqueros, búfalos que se bañan, perros parias, basura, cenizas, niños mendigando, shadus de altiva mirada, flores, colores, mucho calor, gritos, ruido.

Cruzo el río,
Nada.

La otra orilla del Ganges.