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lunes, 24 de noviembre de 2008

DOHA, Qatar



Mi viaje a Qatar comenzó en la India. Teníamos el vuelo a las cuatro de la mañana de Bombay (Mumbay) a Londres, incluyenbdo una escala en Qatar: 450€ i/v con Qatar Airways. Se pueden encontrar vuelos bastante baratos con esta aerolínea. La vuelta la compré con una escala de duración suficiente para ver la ciudad, porque me parecía una oportunidad única para visitar tan curioso país del Golfo.

Fuimos muy pronto al aeropuerto de Bombay, aproximadamente a las 11 de la noche y el policía de la entrada no nos quería dejar hasta tres horas antes del vuelo. Esperar en la calle hubiera sido un suplicio porque estaba llena de gente rodeándonos y estábamos cansados. Al final, tras discutir un buen rato con este señor armado con metralleta, conseguimos entrar.
Nos tumbamos en una sala de espera y vino un guardia de seguridad a decirnos que nos vayamos. ¿Qué pasa? Aquí nadie explicaba nada.
Después, un buen señor me señaló una mochila abandonada y me dijo que a lo mejor era una bomba. Más tarde vendría un astronauta a enfrentarse a la tan temida mochila y sacaría calcetines sudados de ella.



Una vez en el avión, que estaba lleno, nosotras dos éramos las únicas mujeres y nosotros cuatro éramos los únicos occidentales entre los pasajeros. Todos los viajeros eran indios que, a tenor de la cara de pánico, no habían volado en su vida. Además apenas llevaban equipaje y no sabían leer. Esto lo dedujimos porque en los asientos hay una pantallita para ver películas, jugar a videojuegos, etc, y ellos se limitaban a mover la flechita del ratón con el dedo.
Cuando llegamos a Qatar nos dimos cuenta de lo que pasaba. Sólo un 20% de la población es de origen catarí; el resto viene de Irán, países norteafricanos y la India, los cuales trabajan en aquellos empleos que los ricos catarís no quieren. Entonces les sale mejor pagar un vuelo a cada inmigrante para que trabajen en la construcción con un sueldo mísero (unos 100€ al mes) pero muy alto respecto a su país de nacimiento. Estábamos en un avión de esclavos modernos.

Llegamos a Doha, la capital de Qatar hacia las seis de la mañana. Al salir del avión se me empañaron las gafas, ¿cómo puede hacer tantísimo calor a estas horas?
Inmediatamente fuimos a hacer el visado porque solo teníamos seis horas de escala.
Para ello fuimos a la oficina de inmigración y nos pusimos a la cola que iba muy rápida. En mi turno me atendió una mujer con velo negro y un relleno en la coronilla. No es justo vestir una prenda que te tapa por completo y de color negro aunque sea sólo por lo que se debe sufrir a estas temepraturas tan elevadas.

Me pidió el pasaporte y la tarjeta VISA. La pasó por el cacharrico y ¡Pum!, sello. Ya estaba hecho, sin rellenar ningún formulario ni nada. Creo que me cobró 11€.
A la salida había una zona de limusinas y otra de taxis. Me entraron unas ganas tremendas de circular por este emirato con una limusina. Pregunté lo que costaba; 20€ por persona, no me pareció tan caro.
Al final tomamos un taxi con un irlandés que viajaba solo dando la vuelta al mundo y, entre los cinco, nos costó todo el recorrido 7 $ por persona (cuatro o cinco horas). En España el taxi es mucho más caro. Entonces, si éste es el país con el mayor PIB, ¿cómo es que sale tan barato viajar en taxi? Lo que ocurre es que los combustibles son muy baratos. Las reservas de petróleo se descubrieron en la década de 1940, lo que revolucionó por completo la economía del país.
Cuando queríamos, le decíamos al taxista que parara para hacer fotos, por cierto, el conductor era de Sri Lanka. Mi cámara definitivamente se había enfadado conmigo por hacerle sufrir tantos cambios de temperatura; no volvería a funcionar hasta llegar a Budapest. Pero subiré más fotos en cuanto me las pasen, hay que revelarlas.
Primero fuimos al Corniche, al paseo marítimo de Doha desde el que se ve el Skyline de rascacielos. Pero menos de lo que me pensaba, porque una niebla de arena enturbia bastante la visión. Además aquí se encuentra la famosa escultura de la ostra.


"La perla de Qatar" es uno de sus lemas, pues este emirato fue un gran productor de perlas en el pasado. También hicimos un tour por los hoteles de lujo, como el Sheraton o el Hilton. Lo siguiente a lo que nos llevó nuestro colega esrilanqués fue a un parque de atracciones abandonado. Norias, una montaña rusa y demás atracciones cubiertas de arena. En realidad no nos llevó ahí por interés turístico sino porque cerca estaba la urbanización "La perla de Qatar" pero no nos dejaron entrar. Se trata de una superconstrucción de lujo extremo en obras (se estima que el proyecto concluirá en 2012). Por lo que me dijeron, estaban haciendo una reconstrucción de Venecia -en un país desértico-, aunque esa información no la encontrado por ningún sitio. Aquí hay demasiado dinero, y cualquier proyecto que se proponga, por muy extravagante que sea, se lleva a cabo. Mirad The World o las Palmeras de Dubai, si queréis antecedentes.

Siguiente parada, el estadio. Una futurista edificación para los juegos de Asia de 2006. Qatar se ha hecho mundialmente conocido por sus acontecimientos deportivos, como el Mundial de Moto GP o el Open de Tenis; además en 2006 se celebraron los Juegos de Asia en el espectacular estadio Khalifa. Fijaos en su torre olímpica, ¡mide 318 metros de altura!
Como curiosidad, su mascota fue un Oryx llamado Orry, una especie de antílope con dos grandes cuernos anillados. Este animal común en Qatar es símbolo a su vez de la compañía aérea qatarí. Aún puede verse a Orry por la ciudad en forma de estatuas.
Además, el 2 de diciembre de 2010 Qatar fue seleccionado país sede del Mundial de Futbol de 2022, lo que lo convertirá en el país mas pequeño en albergar dicho evento y será el primer Mundial de Futbol a realizarse en Oriente Medio.

Pero a pesar de este despliegue por convertirse en un futuro centro de ocio, Doha conserva su tradición en el Zoco de halcones, pues la cetrería es un hobby habitual de los qatarís.

Por el camino íbamos viendo los chalets catarís, siempre utilizando el azul y el blanco. Andrés, como buen estudiante de arquitectura, no podía parar de analizar las casas y llegó a rozar un estado de indignación por el horterismo qatarí. Por mi parte, me lo estaba pasando en grande con el paisaje; no creo que todo el mundo tenga que compartir las mismas normas estéticas, porque si no el mundo sería muy aburrido. De todos modos, he de decir que en Doha han sabido combinar el estilo islámico con la arquitectura moderna, el ejemplo lo tenemos en el Museo de Arte Islámico del arquitecto I.M Pei; una estructura piramidal en una isla creada por el hombre que contiene manuscritos, cerámicas y joyas del mundo árabe. ¡Costó 300 millones de dólares edificarlo!



Guillermo se dormía en el taxi (llevamos muchas horas sin dormir), y Asun disfrutaba de la música que ponía el taxista.
Paramos en un centro comercial con un Carrefour. Una construcción cubierta con aire acondicionado a tope y pintado por dentro como si fuera un pueblo europeo y una cúpula con cielo y nubes. Parecia Eurodisney.


Muchas señoras vestidas con un niqab, el velo negro que cubre todo menos los ojos, paseaban por el centro comercial. En cambio, las tiendas de ropa eran muy occidentales, como Zara, Mango, H&M, etc. Incluso vendían minifaldas. Por otra parte, Qatar es más moderno que otros países cercanos como Arabia Saudí o Kuwait; goza de libertad de expresión y de prensa –aquí se encuentra la sede de Al-Yazira, la televisión árabe más vista-. Las mujeres pueden votar, trabajar o conducir. Pero siguen llevando el niqaab que tan poco me gusta. Se trata de una prenda negra que cubre hasta la rodilla, dejando a la vista solamente los ojos.
Al ser extanjera nadie me dijo nada sobre mi vestimenta (obviamente yo no llevaba un niqaab en el equipaje), fue suficiente con llevar los hombros y las piernas cubiertos, pero cada vez que me crucé con una mujer, me pregunté qué pensaría ella de mí.

Volviendo al centro comercial y como curiosidad, en el centro había una plaza con una fuente. De repente no nos entendíamos hablando.

-¡Pero que pasa aquí, aquí, aquí...?
-¡Aiba, que movida, ida, ida, ida...?
-¡Hay eco, eco, eco, eco, eco, eco, eco!

Efectivamente, era una plaza con eco artificial; algo que habían conseguido mediante un sistema de grabadoras y amplificadores. Al lado de esta plaza hay una pista de patinaje sobre hielo (recordemos que aquí se alcanzan temperaturas de más de 40º). Como veis, saben cómo combatir el calor. El clima es seco, por eso aunque las temperaturas sean muy altas, son más fáciles de soportar que en las zonas con humedad.
Dejamos el Carrefour y fuimos a parar en una granja de camellos y cabras. Nuestro taxista nos llevó ahí para saludar a sus amiguetes, pues vale.
Tras atravesar unas calles un poco cochambrosas (¡Vaya, no todo es lujo aquí!), llegamos a un mercadillo, el Zoco Wakif, que ha sido reconstruido según su imagen a principios de siglo XX, cuando era el lugar de encuentro entre beduinos comerciantes.
Volvimos al pequeño aeropuerto. Visita al Duty Free, que venden cartones baratísimos de Marlboro, a 1€ el paquete.



Me alegro de haber conocido, aunque sea de una forma fugaz, este pequeño país, al que no creo que vuelva a tener ocasión de visitar.

jueves, 20 de noviembre de 2008

CRACOVIA, Polonia

He perdido la cuenta de las horas en las que llevo despierta. Me pregunto cuánto puede aguantar un ser humano sin dormir. Creo que he llegado al umbral en el que ya no necesito imperiosamente echarme una siesta: podría aguantar muchas horas más que un día normal, como si mi cuerpo se hubiera acostumbrado a mantenerse en vela.

Hagamos recuento:
El 8 de septiembre me despierto en Bombay, tras haber dormido muy poco. Ese día hubo rodaje en Bollywood, compra de alcohol en el mercado negro y viaje al aeropuerto en un taxi-horno. Discusión con un hombre con metralleta para que nos deje entrar a la terminal (un día de lo más normal).

El 9 de septiembre a las 6 de la mañana tenemos el vuelo a Doha. Paseo por la capital qatarí.
De Doha a Londres. Cambio de aeropuerto y esperar muchas horas para coger el avión a Cracovia.

Teniendo en cuenta que me he recorrido medio planeta en dirección contraria al sentido horario, no sé cuantas horas está durando este día, ni siquiera midiendoel contorno/textura/tonalidad de mis ojeras.
Me despido de Andrés, Asun y Guillermo y me voy al aeropuerto de Stansted. Ahí me encuentro con Inés, tal y como habíamos quedado.

Mi tocaya ya ha viajado conmigo (ver Berlín, Dusseldorf). Amiga de la carrera, Comunicación Audiovisual, aunque acabamos de terminarla. Estaríamos juntas durante el viaje pero luego yo me iría a Zaragoza y ella a Oviedo.

En el aeropuerto le di la chapa con mi viaje a la India y nos dormimos un par de horas en el suelo, como todo el mundo. Cogimos el avión a una hora temprana yllega mos con Ryanair a Cracovia. Tras dejas las cosas en el albergue, me maravillé de lo que veían mis ojos. ¡Estoy paseando sin que nadie me persiga!, ¡no tengo que esquivar vehículos ni vacas ni cacas de las mismas!, ¡qué temperatura más ideal!

Bienvenida a Europa. Necesitaba poder andar sin que fuera un suplicio. En la India, para andar hay que ir en fila india (de ahí el nombre) porque las calles no tienen acera y se camina por la calzada atestada de vehículos, y claro, no hay espacio como para ir con otra persona al lado charlando.

Además, de repente es otoño. Hace poco estaba en el seco y caluroso Qatar, o en el calor húmedo de la India. Ahora me encontraba viendo árboles con hojas rojizas, montones de hojas en el suelo. Pasar de una estación a otra en unas horas produce una confusión divertida, sobre todo a mi cámara de fotos, que se puso en huelga. Tuvimos que hacer las fotos con el móvil, un poco churreras, pero decentes al fin y al cabo.

Cracovia, con 760.000 habitantes, ha sido la capital del país. Tradicionalmente ha sido uno de los centros científicos, culturales y artísticos del país y su centro histórico fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.
Una ciudad de carros de caballos, suelos empedregados y arquitectura renacentista, barroca, y gótica. La típica ciudad que nos imaginamos, si nos hablan de la vieja Europa.

Sin dormir ni nada, nos fuimos a dar una vuelta por el centro histórico y claro, acabamos probando la cerveza del lugar, llamada Zywiec; y es que es imposible resistirse en una ciudad en donde cervezas con patas pasean por la calle (literal). Son los hombres cartel, sólo que aquí se les disfraza de jarra. En la plaza principal, muchos jóvenes, familias, señores, pasaban el rato observando a los artistas que ahí se congregaban:



Después de noche cenamos en un banco del parque, en frente de unos aseos, de esos en los que hay que pagar.
Nos dimos cuenta de que todos los usuarios habían entrado corriendo, si es que cuando aprieta…

La siguiente ciudad sería Budapest y vimos que los trenes costaban un riñón. En cuanto a los buses, sólo había dos a la semana: domingos y miércoles. Estábamos en sábado y decidimos irnos el domingo. Por eso no vimos mucho de Cracovia.

Por la noche salimos un ratillo pero a la una mi cuerpo dijo "basta". Esa noche pillé la cama con un gusto… El problema es que compartíamos la habitación con más gente y nos tocó al lado un chico que roncaba como una bestia. Vale, una cosa es roncar y hay que aguantarse, y otra es rugir como para que venga Spielberg a contratarle como doblaje en la próxima entrega de Jurassic Park. Para que os hagáis una idea; yo estaba durmiendo con tapones y me despertó; ni con tapones y enrollándome la almohada a la cabeza, podía dejar de escucharle.

Al día siguiente un paseíco por Cracovia, y llegamos al Vístula en el que se producía un paisaje muy acogedor. Se estaba celebrando una carrera de piraguas, la gente hacía deporte, patinaba, iba en bici, se escuchaba música; vimos alguna basílica, como la de Santa María hasta llegar al Castillo Real; y entonces, nos dimos cuenta de que nuestra visita se había terminado.

Fuimos a la estación de buses (la misma que la de trenes) y nos montamos en el vehículo. Lo alucinante es que eran minibuses, como de 10 personas. Me llamó la atención que hubiera tan poca demanda de este trayecto.

Atravesando Eslovaquia, viendo pueblecitos de cuento y bosques otoñales, llegamos a Budapest.
Y no, no fuimos a Auschwitz.


Ganesh se ha tropezado con un adoquín.

lunes, 17 de noviembre de 2008

BUDAPEST, Hungría


A modo de introducción: Budapest, la capital de Hungría, cuenta con 2,38 millones de habitantes (en su área metropolitana). La ciudad de Budapest es el resultado de la unificación en1873 de las ciudades de Buda y Óbuda, en la orilla derecha, con Pest, en la orilla izquierda.


Una ciudad color “gris lamento”, en el que sus amables habitantes te recuerdan lo grande que fue su nación, y lo pequeño que se ha vuelto el territorio de su país. No es para menos, porque Hungría perdió el 70% de su territorio que pasó a los nuevos estados centroeuropeos.
Vivieron la Primera Guerra Mundial, que causó muchas bajas, y la Segunda; con invasiones nazis y soviéticas. Vamos, que siempre han participado en la guerra, del lado de los perdedores. (Resumiendo mucho).

Hasta el año 1991, era comunista y se unió a la UE en 2004.

Pues bien, quedamos con Peter, un couchsurfer que había conocido por Internet –couchsurfing es una red mundial de gente que presta su sofá-. Cuando nos vino a buscar a la parada de metro más cercana a su casa, yo no lo reconocí porque se había dejado barba. Él no supo, hasta al cabo de un buen rato, con quién de nosotras había hablado por la red, porque las dos nos llamamosInés. Cuando le di el te nepalí que me pidió que le trajera de Kathmandu, todo quedó más claro.
El mozo vivía con su novia, Kyra, más maja que las pesetas. Nos dejaron una habitación y nos llevaron de fiesta con ellos, para romper el hielo.

Nos sorprendió ver gente sobada por el exceso etílico a las 10 de la noche.
Nos sorprendió ver un botellón tan grande (ellos le llaman picnic).
Nos sorprendieron las pintas que llevan los húngaros, con esos sombreros de copa.
Nos sorprendió lo inteligible del idioma húngaro y lo poco inglés que sabe la gente.
Nos lo pasamos bien.

Al día siguiente, nada mejor que reponer fuerzas en una de esas maravillosos baños termales húngaros. Fuimos a los baños recomendados por Peter, los más grandes y típicamente húngaros. Hay gente que se confunde y se va a la piscina gay, pero no fue el caso.

Antes de entrar nos tomamos una cerveza los tres y hablamos de cine húngaro y español. Me dijo que le había gustado “Torrente”, (¡claro que sí!)

Nos adentramos en los lujosos baños y no salimos hasta al cabo de cuatro horas. Para qué irse de un lugar con innumerables piscinas, cada una de ellas con una función terapéutica diferente, hidromasajes, piscinas con corrientes (te puedes pasar un rato arrastrada dando vueltas) y señores sumergidos jugando al ajedrez. Unos baños sanadores que me repararon del cansancio que traía de la India, me quitaron los dolores… En fin, imprescindible visita, si se viaja a Budapest (la mayoría de los baños termales de Hungría, están en la capital).



Al día siguiente, como Kyra tenía que trabajar, y Peter no tenía ninguna obligación; nos llevó amable y pacientemente a ver la ciudad. Vaya pateada, pero una pateada con gusto.

EN PEST:

Plaza de los héroes. Esculturas que representan a todos los reyes que ha tenido Hungría, que son muchos. Uno de ellos, que era muy listo y estaba retratado junto a una pila de libros; otro salía con ropas poco convencionales para un rey, porque solía salir del palacio a conocer al pueblo húngaro, etc.

Tras esto, dimos un paseo por la majestuosa avenida, en donde se encontraban las embajadas y los domicilios de diplomáticos.
Pequeña parada en un bar de abuelos para tomar un chupito de la típica bebida húngara: el Palinka.
¿Qué más vimos en nuestro recorrido? El castillo de Vajdahunyadei, la Ópera Nacional, La Basílica de San Sebastián y cómo no, el Parlamento, el edificio más conocido de Budapest y no es de extrañar. Ganesh se hizo una foto con él, juzguen y vean.


Para ir a la otra parte de la ciudad hay que cruzar en anchísimo Danubio. En medio hay una isla, la Isla Margarita, que sólo vimos desde el famoso puente de las cadenas. La gente va a la isla a correr, pasar el día echándoles migas a los patos, etc.

EN BUDA:

El Palacio Real, para el que hay que subir una montañita; La Iglesia Matias y El Bastión de los Pescadores, un lugar de cuento de hadas. Se trata de una serie de miradores, desde donde se ve el Parlamento. Conviene perderse por la calles con adoquines de alrededor.

Culminamos la visita, ya de noche, subiendo a una colina desde la que se observa toda Budapest.
Esa noche tuvimos cena húngara. Conversaciones en inglish, unas tortitas con una especie de queso quark con pasas y una bebida muy alcohólica que se bebe caliente. Y da mucho sueñete.Con lo difícil que es el idioma húngaro, nos enseñaron un trabalenguas que ellos casi no pueden decir de lo complicado que les resulta. "Jameikan jameikan jaké" Para nosotros es muy fácil y se maravillaron de que pudiéramos decirlo sin parpadear (En cambio, "hola, ¿qué tal ?" en húngaro soy incapaz de pronunciarlo). El problema para ellos radica en que les cuesta decir el sonido "Y" o "LL".
El día siguiente hicimos un tour un poco tétrico. Primero estuvimos en un cementerio enorme y precioso. Todas las lápidas eran esculturas o mausoleos. Todo ello con vegetación de los colores propios del otoño, lo que le daba un aire muy melancólico.

Apenas había visitantes.


Tras esto, nos metimos en el museo del terror, un buen lugar para aprender la terrible historia reciente de Hungría. Música inquietante, un tanque soviético, testimonios de víctimas, reconstrucciones de oficinas nazis y de celdas en el sótano. Todo ello con hojas en inglés a cada estancia, porque en húngaro no nos enteraríamos de nada.
También quisimos quedar bien y devolvérsela a nuestra parejita húngara con una spanish cena. Salmorejo, lomo que había traído Inés y sangría. Hicimos el salmorejo sin batidora eléctrica, toda una hazaña muy rústica. La sangría, ya se sabe, le eches lo que le eches, siempre queda bien. Y quedó de maravilla.

Esa noche nos llevaron a una fiesta en una residencia de estudiantes. Yo que estaba acostumbrada a las carcelarias residencias de Pamplona, flipé en colores. Lo que nos encontramos fue una gran sala con música y jóvenes poniéndose finos. Nos llevamos la sangría, que fue muy codiciada y estuvimos bebiendo de to, vía trueque. Un chico se había cortado con unos cristales y mientras le curaban, se partía de risa.
Pero nadie bailaba.
Allá vamos, salimos las dos a intentar imitar esos bailes húngaros; los demás nos siguieron y acabó siendo una fiesta bastante graciosa.
Los bailes que queríamos imitar son los siguientes:




Los húngaros beben mucho, de verdad. Incluso en una ocasión, desayunamos un café en un bar a las 9 de la mañana y nosotras éramos las únicas que no estábamos bebiendo cerveza.
Aquí un vídeo de la vuelta en el bus, y eso que era un simple martes.





Budapest me gustó demasiado. El encanto de sus amplias calles, con majestuosos, pero al mismo tiempo destartalados edificios. La imagen de un imperio que fue, y ahora sus gentes lo recuerdan con nostalgia.
Pero sobre todo, la amabilidad y simpatía de los húngaros, especialmente, de aquella pareja que nos abrió las puertas de su casa.

Ganesh quiere volver a Budapest -cosa que haría dos años después-.

lunes, 10 de noviembre de 2008

VIENA, Austria








La capital austríaca es un símbolo del legado de la dinastía de los Habsburgo, que controlaron gran parte de Europa durante más de seiscientos años. Se trata de una ciudad repleta de joyas arquitectónicas (gracias a Francisco jose I) y con un impresionante pasado musical.

Fuimos en tren de Gÿor (Hungría) a Viena. Lo curioso es que una vez dentro, se le paga al revisor el billete hasta la frontera con Austria -con Florines-, y después, a otro revisor, desde la frontera hasta Viena en Euros.

Cuando llegamos, a las diez de la noche, se había jugado algún partido de fútbol importante porque todo el mundo iba con pelucas rojas, trompetas y atuendos estrafalarios. Es curioso que lo primero que veamos de Viena, sea semejante show.
Llamanos a Christine, ex compañera de piso en Pamplona para avisarle de que habíamos llegado. La buena moza nos había preparado una cama restform, que cogimos con mucho gusto.
Descansamos y nos levantamos tranquilamente (a las 10) para ver la city.




Salimos del metro y una abuela se nos acercó para ayudarnos; y es que en esta ciudad, si sacas el mapa, cualquiera te resuelve dudas. La verdad es que da gusto estar en un lugar en el que todo el mundo habla alemán y/o inglés, después de haber salido, no sé como, de Györ, un pueblo en donde ni en la oficina de información se habla inglés.
Pues eso, nos quedamos embelesadas mirando el pedazo de parlamento. Da igual hacia qué lado se mire, todo son edificios majestuosos, calles anchas y limpísimas... Y es que si hay un país feliz, ese es Austria; una ciudad de piruleta sería Viena y una calle de gominola, cualquiera de ellas. Pero lo que en un principio nos impresionó, acabaría cansándonos. Una ciudad perfecta, en realidad, no tiene mucho interés.
Seguimos caminando y nos metimos en el museo Albertina a ver una exposición temporal de Van Gogh. La entrada costaba la friolera de 9€; 7€ si eres estudiante y 3€, para los escolares (Schülern). Por supuesto, al comprar le entrada especifiqué en alemán que éramos Schülern; y la moza nos preguntó "¿Menores de 18 años?", a lo que contesté un firme "¡¡SÍ!!


Tras esto nos fuimos a la Schmetterling Haus (Casa de las mariposas), que trata de eso, una casa o invernadero lleno de mariposas. Se las puede ver en su fase de capullo, comiendo plátanos o revoloteando; claro que son tan grandes que parecen murciélagos. Tampoco dudaban en posarse sobre algún hombro, por lo que tuve el dudoso placer de poder mirar cara a cara a un mariposón (qué fea, por Dios). Tras esta bizarra visita seguimos caminando por el centro, unas calles con jóvenes disfrazados de Mozart, carros de caballos y golosos escaparates de bombones, (Tuve que parar a comprarme unas botas, porque sólo había traído de la India unas zapatillas y aquí estaba lloviendo a jarros), hasta llegar a la catedral de Stephan.

Una vez cubierta la parte cultural...
Entramos a un super y compramos las cervezas más baratas y austriacas. Nos hicieron enseñar el DNI para halago nuestro. Lo que ocurre es que aquí las niñas aparentan más que en España y nosotras, que somos dos tapones, hacemos dudar de nuestra mayoría de edad a los gigantones rubios de este país.
Sacamos el pan, el salami, nos las bebemos. ¿Y ahora qué? Un paseo por el Danubio para acabar en la zona de bares "El triángulo de las Bermudas". En una ocasión dije "Triángulo de las Verduras", pero fue sólo porque se me cruzó un cable (cuando abra un restaurante vegetariano, lo llamaré así).

Creo que el primer bar al que entramos era de lesbianas. Lo digo porque sólo había hembras y NINGÚN hombre!
Después, fuimos a una discoteca de música ochentera. Clavada en cuanto al precio de las cervezas, vaya, pero divertido por ver a la gente bailando (aunque seguro que nosotras éramos las peores).



Como conseguimos no liarnos en demasía, al día siguiente pudimos ver la ciudad. Estuvimos en el famoso parque de atracciones en donde se rodó El Tercer Hombre y después, en el Palacio Belvedere, que no me pareció más que una pomposidad típica de Viena. Y cómo no, tuvimos que culminar la visita en los jardines de Schönbrunn, en donde Sisí paseaba entre bostezos. Bueno ella no sé si se aburría pero nosotras sí. ¿Por qué poner un jardín perfectamente segado, si luego te prohíben pisar el césped?
En fin, que Viena no me resultó muy interesante, seguro que tiene cosas buenas y curiosas, pero no las encontré. Sé que a mucha gente le encanta esta ciudad y que algunos pueden enfadarse conmigo por lo que he escrito; pero de eso trata un blog de viajes personal, de narrar las experiencias propias y no siempre tienen que ser buenas.
Ganesh tiene ganas de vivir emociones.